¿Qué futuro imaginan los jóvenes?
El pacto social según el cual cada nueva generación vivirá mejor que la anterior está roto. Los jóvenes viven en una coyuntura hiperexigida, de trabajos precarios y cansancio, con pocas certezas sobre su futuro. Un agobio que los hunde en un presente perpetuo que debilita la posibilidad de construir experiencias colectivas.
Entre las múltiples transformaciones que las juventudes experimentan en el cambio de época en el que vivimos, hay dos que se destacan: el aumento de la desigualdad y la precarización, y la reconfiguración de las temporalidades. La primera fue analizada por diversos autores (1). La segunda permanece menos explorada, aun cuando tiene efectos en los modos de sociabilidad, la experiencia cotidiana y las construcciones de sentido de las nuevas generaciones.
Hubo un tiempo en que el futuro –aun sin constituir una certeza ni una promesa cumplida para todos– funcionaba como un horizonte compartido. Estudiar permitía aspirar a, o lograr, un trabajo mejor. Trabajar y desarrollar una carrera laboral hacían posible independizarse. Ahorrar podía ser el camino a la vivienda propia. El esfuerzo –o más aun, el sacrificio– encontraba sentido, porque existía una expectativa más o menos certera de que el tiempo devolvería, tarde o temprano, aquello que se invertía en el presente.
Estas certezas se fueron erosionando al calor de las transformaciones del capitalismo, tanto en Argentina como en el resto del mundo occidental. Las crisis recurrentes, la precarización material y el deterioro subjetivo, la degradación de territorios y de condiciones de vida y la creciente digitalización de la vida fueron debilitando una de las creencias más persistentes de la modernidad: que la generación siguiente viviría mejor que la anterior. Esto condensa el quiebre de un pacto tácito que sostuvo los vínculos intergeneracionales durante años: la confianza en el progreso.
Las juventudes argentinas experimentan esta ruptura, agravada por la inestabilidad, el estancamiento, el desfondamiento institucional y las crisis periódicas. Quienes hoy pueden ser considerados jóvenes (menores de 35 años) produjeron su experiencia generacional y se socializaron cuando la promesa de un futuro mejor ya había comenzado a desvanecerse. Esto reorganiza el sentido del trabajo, de la educación, del consumo, de la política y de la vida colectiva.
Las disputas juveniles por el tiempo
Durante años estudiamos y discutimos las desigualdades –de ingresos, de género y diversidades, étnico-raciales, entre otras– que persisten, junto a otras nuevas –la digital, la ambiental y la climática–. En el último tiempo comenzó a configurarse otra desigualdad, menos visible y comprendida: la desigualdad temporal.
No todos los jóvenes disponen del mismo tiempo para sí, ni pueden decidir de igual manera sobre ese tiempo. No todos tienen la misma posibilidad de proyectarlo. Mientras algunos cuentan con tiempo para estudiar, descansar, encontrarse con otros o imaginar proyectos de largo plazo, amplios sectores juveniles viven atrapados en una administración permanente de lo inmediato: jornadas laborales extensas y fragmentadas (con trabajos precarizados), largos desplazamientos urbanos (en transportes deficientes o colapsados), múltiples ocupaciones (trabajo asalariado, estudio, cuidados), híper conectividad, dificultades para acceder a una vivienda, sobrecargas emocionales, dificultades afectivas y vinculares, pérdida del derecho al descanso. Así, la precarización no se expresa únicamente en el trabajo o en los territorios. También organiza el tiempo. Y cuando el tiempo se precariza, transforma la manera de vivir y el modo de percibir la experiencia cotidiana. Esto es particularmente notorio en las juventudes argentinas actuales.
René Ramírez sostiene que las sociedades contemporáneas no están sólo cansadas. Están expropiadas de su tiempo (2). El problema ya no es sólo trabajar demasiadas horas o vivir aceleradamente. La cuestión es más profunda: las juventudes pierden la capacidad de decidir cómo quieren vivir su tiempo. Entre el tiempo vivido y el que quisieran vivir (tiempo deseado) aparece una distancia que produce frustración, ansiedad y una sensación de que la vida transcurre sin llegar nunca a pertenecerles. Los jóvenes experimentan esta expropiación con especial intensidad porque se trata de un momento de la vida asociado a la construcción de proyectos.
Por eso, además de preguntarnos cómo se produce y redistribuye la riqueza, para comprender las dinámicas juveniles contemporáneas es necesario interrogarnos acerca de cómo se apropia y distribuye el tiempo. Allí se encuentra una de las claves para comprender las transformaciones actuales. Como señalamos, durante buena parte del siglo XX predominó una cultura del esfuerzo, incluso sacrificial. Estudiar implicaba postergar gratificaciones. Trabajar suponía aplazar disfrutes presentes para alcanzar mayor bienestar en el futuro. También la militancia descansaba sobre la convicción sacrificial. La espera tenía sentido porque existía confianza en que el tiempo devolvería en clave de un mejor futuro aquello que se resignaba en el presente. ¿Qué pasa cuando, como sucede hoy, esa confianza aparece horadada?
Los sentidos del trabajo
Las juventudes argentinas trabajan, estudian, emprenden, combinan ocupaciones, participan en espacios políticos y despliegan enormes capacidades para sostener su vida cotidiana. Pero lo hacen con otro sentido del tiempo. Si en el pasado esforzarse más o estudiar más era una garantía de un futuro mejor, hoy apenas alcanza para administrar la inmediatez de lo cotidiano.
Esto altera profundamente la experiencia juvenil del trabajo. Antes, el trabajo no sólo proveía ingresos, sino que permitía proyectar una trayectoria, independizarse, construir una identidad y participar de una experiencia compartida con otros trabajadores. El trabajo conectaba el presente con el futuro, era un puente entre diferentes momentos vitales.
Esta dinámica se debilitó. Para las juventudes de hoy, el problema no es sólo conseguir un empleo, sino la creciente precariedad (3). Un trabajo registrado puede ser también precario y el ingreso puede no permitir superar el umbral de pobreza. La mayoría de los jóvenes que trabajan no pueden acceder a una vivienda propia (a veces tampoco alquilarla), ni ahorrar con perspectiva de mediano plazo; a menudo no pueden independizarse. No les es posible imaginar un proyecto estable a futuro. Cuando se rompe la promesa de progreso, también se quiebra la relación entre tiempo y esperanza.
Esto transforma la manera de organizar la vida. En el pasado, las trayectorias juveniles parecían responder a una secuencia estable: estudiar, ingresar al mercado de trabajo, ganar autonomía, hacer carrera, construir un proyecto propio. Ese recorrido nunca fue igual para todos, pero funcionaba como un imaginario compartido. Hoy las trayectorias son cada vez más discontinuas. Se entra y se sale del estudio, del trabajo, de los emprendimientos, del mundo digital y del analógico. La interrupción es parte de la experiencia cotidiana.
La experiencia generacional del tiempo
Esta experiencia también modifica el sentido de la educación. La escuela secundaria y la universidad fueron construidas sobre la premisa propedéutica de dedicar tiempo presente a mejorar las posibilidades futuras. A mayor educación, más reconocimiento social, mejores condiciones laborales, trayectorias de ascenso. Esa promesa se debilitó. Cada vez son más los jóvenes que terminan la escuela secundaria o la universidad y descubren que sus títulos ya no garantizan un buen trabajo. La educación continúa siendo una herramienta para ampliar oportunidades, pero ya no ofrece certezas.
El problema es que las instituciones educativas siguen organizándose de la misma forma que en el pasado, alrededor de procesos largos, acumulativos y secuenciales, mientras la experiencia cotidiana de las juventudes transcurre bajo otras temporalidades. La simultaneidad y lo instantáneo reemplazan la secuencia. La aceleración desplaza a la espera. La urgencia y lo efímero ocupan el lugar de la planificación.
El mundo digital intensifica esta transformación, pero no la produce. Con frecuencia se afirma que las redes sociales volvieron ansiosas a las nuevas generaciones. Aquí sostenemos que las redes sociales resultan eficaces porque logran captar una lógica social en la que el largo plazo y la temporalidad secuencial se fueron diluyendo. La híper conectividad y la digitalización de la vida hacen más porosas las fronteras entre trabajo, estudio –tiempo para llegar al trabajo y al estudio– y momentos de ocio y descanso. Tiempo para construir una vida que no esté completamente capturada por la urgencia.
Para una parte importante de las juventudes, el tiempo escasea. La jornada laboral no termina cuando termina el trabajo. Continúa en los traslados, la búsqueda de otra ocupación, la conectividad permanente, la preocupación por llegar a fin de mes o la necesidad de sostener vínculos cada vez más frágiles. El descanso deja de ser tiempo libre para convertirse en tiempo de recuperación. Incluso el entretenimiento aparece cada vez más capturado por plataformas que administran la atención y monetizan cada instante disponible. Así surge una pregunta crucial: ¿qué experiencia del tiempo producen y perciben los jóvenes cuando casi toda su energía se consume resolviendo un presente incierto y precario?
Volvemos entonces a la desigualdad temporal. Gran parte de las desigualdades se dirimen hoy en la posibilidad de disponer del propio tiempo. Tiempo para estudiar mientras es necesario trabajar doce horas por día. Tiempo para descansar. Tiempo que se consume en el desplazamiento, urbano o suburbano. Tiempo para encontrarse con amigos, militar, hacer deporte, leer, escuchar música, cuidar o simplemente no hacer nada.
La aceleración desplaza a la espera. La urgencia y lo efímero ocupan el lugar de la planificación.
La precarización es, por lo tanto, una forma de organización del tiempo social. La incertidumbre deja de ser una excepción para convertirse en la lógica bajo la cual se despliega la vida cotidiana. Lo que está en disputa es la posibilidad misma de imaginar un futuro capaz de organizar el presente. Y cuando el largo plazo deja de ofrecer garantías, la mejora se desplaza hacia el presente.
En este sentido resulta sugerente la noción de “jóvenes mejoristas” propuesta por Pablo Semán para caracterizar a las juventudes que apuestan a mejorar sus condiciones de vida, pero que dejaron de depositar esa expectativa en un futuro lejano (4). La mejora es valiosa si es cercana, incremental, cotidiana. Es necesario comprobarla de inmediato y que sea visible en la materialidad del día a día, por más precarizada que esté.
Este desplazamiento actúa también entre la aspiración y la realidad material. Según diversos estudios, muchos jóvenes aspiran a convertirse en influencers, producir contenidos para plataformas digitales, emprender, invertir en criptomonedas, aprender habilidades digitales o apostar en línea. Sin embargo, la experiencia cotidiana los condena a trabajos precarizados en apps de reparto o variantes de la economía plataformizada.
Esta contradicción refuerza a veces el sentimiento de frustración y desencanto y lleva a la búsqueda de estrategias para acortar la distancia entre el esfuerzo y la recompensa. Así, consumir se convierte en una forma de hacer visible el esfuerzo cotidiano. Viajar, vivir una experiencia (un recital) o acceder a determinados bienes (celular nuevo , zapatillas) son pequeñas pruebas de que es posible mejorar en el presente.
Lo público y lo colectivo
Durante décadas, buena parte de las mejoras en las condiciones de vida fueron resultado de instituciones colectivas –la escuela, la universidad, el hospital, los convenios laborales, la seguridad social– que compartían una misma lógica: producir bienestar a través de procesos colectivos de largo plazo. Cuando esas instituciones pierden eficacia, no desaparece necesariamente la valoración de esos derechos. Lo que comienza a erosionarse es la confianza en su capacidad para transformar la vida cotidiana. La experiencia de lo público se debilita porque deja de producir resultados visibles.
La espera ya no ofrece recompensa. Esta es una de las consecuencias políticas más profundas de la desigualdad temporal intergeneracional a la que nos referimos. Cuando buena parte de la energía cotidiana se consume administrando urgencias, disminuye también la disponibilidad para construir proyectos compartidos. La experiencia colectiva comienza a retroceder frente a la necesidad de resolver la propia vida, incorporada –y reforzada por los discursos dominantes– como responsabilidad individual. Por eso, el hiperindividualismo de hoy es primero una experiencia social.
Una sociedad que obliga a resolver individualmente problemas producidos colectivamente termina generando subjetividades individualizadas. Esto deteriora la experiencia cotidiana de lo común. Los espacios colectivos y públicos dejaron de ser vividos por amplios sectores juveniles como ámbitos capaces de mejorar efectivamente sus vidas.
¿Qué ocurre con una democracia cuando una generación ya no cree que el tiempo juega a su favor? En un presente cada vez más exigente y un futuro incierto, las propuestas que prometen resolver rápidamente los problemas adquieren una potencia simbólica mayor.
Disputar el futuro
Uno de los problemas más extendidos entre las juventudes es el cansancio. Según trabajos de campo a los que accedimos en el marco del Grupo de Estudios de Políticas y Juventudes del Instituto Gino Germani (5), se trata de un “cansancio administrado”. Un cansancio que no inmoviliza, porque la vida obliga a seguir, y que deriva de la enorme cantidad de energía que es necesario consumir para sostener la cotidianidad. Administrar la incertidumbre termina ocupando buena parte del tiempo disponible para imaginar el futuro, lo que debilita la confianza en que ese futuro pueda alcanzarse a través de los caminos que las anteriores generaciones establecieron como mandatos.
Llegamos nuevamente a la ruptura del pacto intergeneracional implícito que sostuvo la dinámica social de las últimas décadas. Parafraseando a Walter Benjamin, René Ramírez sostiene que la historia no siempre se forja en los grandes eventos, sino en los instantes en los que, en medio de la rutina alienada, alguien se detiene, reconoce la fractura del tiempo vivido, y decide que ya no quiere seguir así. Esa ruptura puede señalar el lugar desde donde construir una alternativa. Una propuesta que entusiasme a las juventudes y revierta no sólo la precarización y la desigual distribución del tiempo, sino que también permita proyectar una expectativa de un futuro mejor, más igualitario y más justo. Quizá el desafío generacional de esta época consista en democratizar el futuro.
1. Pablo Vommaro, “Muy hablados, poco escuchados”, Revista Anfibia, 31 de octubre de 2023.
2. René Ramírez Gallegos, Juan Guijarro y Gabriela Gallardo Lastra, Del laberinto de la soledad a los senderos de la compañía. Culturas políticas en el México actual, Buenos Aires, CLACSO, 2024.
3. Según datos elaborados por el autor en base a estadísticas del INDEC, en 2024 el 66,4% de los trabajadores de entre 16 y 18 años no estaban registrados y el 31,3% de los de entre 19 y 29 años, tampoco.
4. Pablo Semán (coord.), Está entre nosotros, Siglo XXI, Buenos Aires, 2023.
5. Me refiero sobre todo a los estudios de la Consultora Punto Doxa. www.puntodoxa.com. Algunos datos están disponibles en el sitio web del GEPoJu, IIGG-UBA. https://gepojuiigg.sociales.uba.ar/.
Por Pablo Vommaro
Director ejecutivo de CLACSO. Docente e investigador de la UBA