La plataformización como objeto de estudio comunicacional: premisas, quimeras y líneas emergentes desde el contexto latinoamericano

 La plataformización como objeto de estudio comunicacional: premisas, quimeras y líneas emergentes desde el contexto latinoamericano

Dentro de la Colección de los “Cuadernos del pensamiento crítico latinoamericano”, CLACSO presenta “La plataformización como objeto de estudio comunicacional: premisas, quimeras y líneas emergentes desde el contexto latinoamericano.” – Autora: Raul Anthony Olmedo Neri


La plataformización como objeto de estudio comunicacional: premisas, quimeras y líneas emergentes desde el contexto latinoamericano


Autor: Raul Anthony Olmedo Neri1

Introducción

No es una novedad: las plataformas sociodigitales se han convertido en tecnologías clave para el desarrollo social, político, cultural y económico en América Latina y el Caribe. No obstante, han sido pocos los esfuerzos por teorizar a las plataformas sociodigitales como objetos de estudio que tienen impactos puntuales en la región. Al respecto, este trabajo provee algunos elementos clave para (re)pensar estas infraestructuras tecnológicas e ideológicas desde un enfoque comunicacional situado. Se recurre a la comunicación no solo por su pertinencia epistemológica, sino por el carácter interdisciplinario de su constitución; esto permite (d)enunciar los retos y las oportunidades desde/para la región, con el propósito de incitar el debate de sus orígenes, efectos y horizontes de posibilidad.

La plataformización como producto

El primer elemento a considerar es que la plataformización puede ser pensada como proceso y como producto. En cuanto al primero, ya existen aportaciones clave que dan cuenta de cómo la plataformización se estructura, reproduce y arraiga sobre la vida social para desarrollar modelos de negocio con los cuales legitima su existencia, perduración y gobernanza (Poell, Nieborg y van Dijck, 2019). No obstante, resulta insuficiente este punto de partida pues podría generar la falsa percepción de una separación de los procesos históricos que le han dado forma a la relación sujeto-tecnología, por un lado, y la integración de las plataformas a ese continuum experiencial-mediático, por otro lado.

Así, pensar la plataformización como un producto hace posible reconocer dos elementos clave que le dan sustancia ontológica y epistemológica: la progresiva mediatización de la vida social y la financiarización del espacio digital durante la primera década del siglo XXI, después de la crisis del “punto-com”. La primera permite entender cómo la relación sujeto-tecnología es histórica y ha implicado una serie de reconfiguraciones graduales sobre la sociedad y las subjetividades, al grado de cambiar la constitución y la percepción que se tiene de la realidad como consecuencia del mediocentrismo escalonado (Boczkowski y Mitchelstein, 2022). En cuanto a la financiarización, la internet se convirtió en el medio por el cual el capitalismo hizo un cambio sobre las relaciones sociales, especialmente las de propiedad (tanto de la información como los datos de los usuarios): con ello no solo inició el proceso de feudalización y fragmentación del espacio digital, sino que estimuló la carrera de desarrollo sobre plataformas y modelos de negocio, mediante una inyección constante de capital de riesgo, para así reorganizar el mercado bajo nuevos estándares, formatos y reglas neoliberales (Srnicek, 2018; Paraná, 2025). Así, al recuperar la historicidad mediática, la plataformización puede ser entendida como una dinámica de mediatización que surge dentro de la emergente reestructuración capitalista por la cual el espacio y la economía digitales se vuelven en núcleo estructural para la acumulación. De este modo, las plataformas no pueden ser reducidas a sencillas “infraestructuras”, sino que deben ser definidas como metainfraestructuras (infraestructuras desarrolladas sobre otras infraestructuras) que carecen de cuerpo, que se actualizan recursivamente bajo una lógica “beta” y cuya función yace en desintermediar tanto los procesos sociales individuales/colectivos como los de producción para mediatizarlos y, en términos formales, tercerizarlos2. Por esta razón, las plataformas están intrínseca e indisociablemente articuladas con los medios, las experiencias, los saberes y las experiencias que se (re)producen en internet.

Entonces, la plataformización se convierte en un proceso (que se integra al continuum de la comunicación mediática) y es al mismo tiempo un producto (de la mediatización y la financiarización) en el marco tanto de la globalización como de la estructuración de la economía digital. Y es justamente este producto el que se ha convertido en el capital de avanzada, esto es, aquel sector productivo que lidera no solo el mercado, sino que además es quien impone nuevas formas de articulación del modo de producción en tanto ventaja competitiva que los demás sectores productivos intentarán, en algún momento, replicar en sus respectivos nichos con el fin de incrementar solo temporalmente su tasa de ganancia. Eso es lo que incentiva el profundo interés por legitimar y expandir el discurso y los sentidos de la plataformización a sectores históricamente alejados de ella como, por ejemplo, la agroindustria, la especulación inmobiliaria o el sector gastronómico.

Del Silicon Valley al Silicon Empire

Como toda innovación tecnológica, la plataformización requiere producir discursos, narrativas, sistemas de códigos y sentidos que legitimen su desarrollo, naturalicen su presencia en la vida cotidiana y obvien las relaciones sociales de producción que la sustentan.

Además de la dimensión inmaterial, la plataformización requirió de una materialidad espacial que le diera sustancia; estos dos elementos fueron capturados por Silicon Valley.

De hecho, la carrera en el desarrollo de las plataformas durante la primera década del siglo XXI permitió renovar y consolidar Silicon Valley como el epicentro tecnológico, cultural, moral e ideológico de la economía digital occidental (Marwick, 2018).

Así, la relevancia de Silicon Valley no solo recae en la impronta tecnológica del capitalismo contemporáneo, sino que históricamente ha sido capaz de (re)orientar su rumbo en función del capital y de afinar su narrativa de éxito individual con el emprendedurismo en el ramo digital (Sadin, 2018). Ahora bien, toda adaptación e innovación capitalista requiere de una visión de mundo capaz de articular y producir su propio sentido, de tal manera que sea posible posicionarla no solamente al interior de quienes la impulsan, sino al exterior de los grupos sociales que “la necesitan”. De este modo, Silicon Valley se ha convertido no solo en la punta de lanza en cuanto al desarrollo tecnológico, sino que se ha constituido como la brújula ideológica de la plataformización. Esto ha hecho que pase de ser un lugar singular para convertirse, como Lins Ribeiro (2003) refiere al papel de la tecnología dentro de la modernidad, en la espina dorsal del progreso capitalista actual.

Esto no es nuevo pues, históricamente, el objetivo de la innovación tecnológica no es resolver los problemas civilizatorios, sino postergar la crisis estructural del capitalismo. Reconocer la innovación recursiva de la tecnología hace posible cuestionar no solo el por qué se produce la tecnología, sino el para qué se hace (Castells, 1996). Así, el fin último de la plataformización no está en el bienestar humano, sino en la posibilidad de conocer el futuro y al individuo en su máxima especificidad, pues solo así será posible hacerse de un poder y control sobre estos dos ámbitos en el presente. Byung-Chul Han (2018) define este proceso como psicopolítica. Y es por ello que hoy la influencia de Silicon Valley no se limita espacialmente al lugar físico desde donde se orquesta el desarrollo de la plataformización, sino que ha logrado hacerse de un imperio a costa de los procesos de globalización económica, cultural y más recientemente digital, con el que evade las barreras espaciotemporales y se impone como ventaja competitiva para satisfacer necesidades en esos mismo rubros y al mismo tiempo ostentarse como el heraldo del desarrollo y progreso occidental.

De hecho, este nuevo imperio tecno-ideológico ha servido para reconfigurar la correlación de fuerzas entre proyectos sociopolíticos en diversos países occidentales; para el caso de América Latina y el Caribe, este imperio se ha convertido en un aliado de aquellos proyectos que le son afines a la visión de mundo que se impone por la fuerza o la coerción desde Estados Unidos. Entonces, Silicon Empire no solo es un hub de innovación tecnológica, sino que es al mismo tiempo una herramienta desde la cual se producen sentidos afines a la visión de mundo de sus líderes.

La plataforma como fetiche

Al situarse en el sistema capitalista, las tecnologías de la comunicación mediática se vuelven tanto herramienta como mercancía de ese sistema. Y bajo esa condición, es objeto de fetichización. De hecho, toda innovación tecnológica ha entrado en esa lógica, pero tanto las plataformas sociodigitales como más recientemente los algoritmos y la Inteligencia Artificial (IA) se han convertido en los fetiches del capitalismo digital contemporáneo. Mattelart (1973) indica que “fabricar un fetiche o promover un proceso o fenómeno al rango de fetiche significa ‘cristalizarlo bajo la forma de un objeto puesto aparte’, abstraerlo de las condiciones reales que presidieron o presiden su producción” (p. 28).

De este modo, mediante la fetichización las plataformas “producen”, los algoritmos “recomiendan” y la IA “crea/piensa”. Es decir, estas innovaciones adquieren habilidades que las dotan de una tecno-magia que las ‘infla’ simbólicamente, sin reconocer ni enunciar las relaciones sociales de producción (precarización, extractivismo, explotación y externalización) y de propiedad (privatización, informacionalismo y datificación) que las sustentan en tanto metainfraestructuras que desintermedian, mediatizan y tercerizan. Al reconocer estas dimensiones, dichas innovaciones no solo pierden su seducción, sino que rápidamente se les integra dentro de los procesos de explotación laboral física y cognitiva, extractivismo de datos y externalización de sus efectos socioambientales a escala planetaria. Cuando estas tecnologías dejan de ser fetiches, entonces se vuelven recursos en proceso de disputa no solo a nivel de uso, sino de producción; en otras palabras, se abre el camino a pensar y luchar por la producción de estas tecnologías y sus respectivos sentidos.

Ante este ejercicio de fetichización, el pensamiento crítico ha sido clave para (d)enunciar no solo el carácter ecófago de estas innovaciones tecnológicas, sino que también ha evidenciado la precarización de las clases subalternas, por un lado, así como la reconfiguración progresiva de la división internacional del trabajo físico y cognitivo3.

Así, esa ‘producción’, ‘pensamiento’ y/o ‘creación’ no están desligadas de las estructuras desiguales ni de las asimetrías de poder, por el contrario, son estos mismos correlatos de la tecno-magia los que permiten reproducir y profundizar dichas estructuras y relaciones sociales de producción mediante su invisibilización. En otras palabras, estas innovaciones tecnológicas no están alejadas de las contradicciones innatas del capitalismo; en realidad, son esas mismas contradicciones y las condiciones objetivas actuales las que han permitido su surgimiento y determinado su finalidad.

Respecto a estas dimensiones no solo es importante observar cómo se desarrolla un trabajo no pagado al interactuar con estas innovaciones y con ello impulsar su entrenamiento, sino que los procesos orientados a la mediatización y tercerización de actividades laborales aprovechan la precarización de los países del Sur Global para entrenar robots que apuesten por la automatización y el consecuente desplazamiento de la mano de obra en actividades más allá de aquellas necesarias para la producción de mercancías, por ejemplo, los servicios y todos aquellos ámbitos sociales de interés para la reproducción de la fuerza de trabajo -como, por ejemplo, los cuidados-.

Sumado a lo anterior se encuentra la pérdida de “aura” de las prácticas socioculturales que se ven sometidas a los procesos de desintermediación, mediatización y tercerización de las plataformas sociodigitales, pues como afirma Han (2021), lo digital suaviza la realidad y empobrece la experiencia; esto sin olvidar que su uso constante y sin claros límites reduce la posibilidad de acción del sujeto al terminar actuando sobre la realidad mediada y no sobre la realidad misma.

Finalmente, enunciar el fetiche de estas metainfraestructuras habilita la crítica no solo sobre qué son, sino quién las produce y bajo qué condiciones productivas, ideológicas y socioculturales son enmarcadas.

La sociedad platafomizada (del Sur Global)

Ya se ha indicado que la plataformización es un fenómeno sociotécnico que puede -y debe- ser enmarcado dentro de la lucha por las fuerzas productivas que dan forma y estructura a las relaciones sociales de producción que sostienen al capitalismo digital actual. Sin embargo, es menester indicar cuáles han sido sus implicaciones en una región donde el desarrollo del subdesarrollo se impone por las asimetrías de poder de la estructura centro-periferia que sigue moldeando la producción tecnológica y mediática en la globalización.

En cuanto a América Latina y el Caribe, la implicación más importante que deviene con la plataformización es la profundización de las desigualdades estructurales y de las asimetrías de poder en todos los ámbitos de la vida cotidiana. Esto se debe a que estas plataformas están pensadas bajo modelos de negocio que buscan conseguir una acumulación de capital sustentada en la explotación, extracción y datificación de individuos, bienes, espacios, subjetividades y temporalidades a múltiples escalas. Así, estas plataformas acentúan las diversas crisis que presentan las sociedades latinoamericanas y caribeñas; ejemplo de ello es Airbnb que mercantiliza la hospitalidad
y resignifica la vivienda en un activo fijo a disposición de quienes pueden costear, mediante alquileres de corto tiempo, el disfrute de las ciudades de la región y, con ello, todos los servicios conseguidos mediante el derecho a la ciudad (Olmedo Neri, 2020, 2025). Este fenómeno se articula con conflictos tales como la gentrificación y la gourmetización en la región, intensificando la crisis de vivienda y el encarecimiento de los estilos de vida.

Por su parte, Uber no solo mercantiliza la deficiente calidad de los servicios de transporte público en las ciudades de la región (Radetich, 2022), sino que en su forma ampliada de acumulación de capital bajo mecanismos ‘clásicos’ de explotación -como el trabajo a destajo-, esta plataforma ha logrado instalar una forma de acumulación sustentada no en el tiempo de trabajo, sino en la intensidad de este bajo el amparo de los gobiernos que solo en años recientes han empezado a regular el tema. Mientras tanto, la inacción de los gobiernos adiestrados bajo las lógicas de no intervención en el mercado ha facilitado el arraigo del sueño del emprendedurismo en aquellos sectores de trabajadores desposeídos de las condiciones laborales más elementales, para insertarse en una agresiva explotación que, además, los vuelve su propio verdugo pues, el dinero que ‘ganan’ depende de su disposición para realizar los viajes que se le solicita la plataforma en cuestión según la oferta, la demanda y los tiempos del mercado (Reygadas, 2024).

Estos dos ejemplos ayudan a sostener el argumento de que, aún en los procesos de tecnificación digital, la plataformización es estructuralmente desigual y sistémicamente dependiente, por lo que se refuerzan las distinciones y las posiciones antagónicas y de explotación entre el Norte y el Sur Global, pero ya no entre naciones explícitas, sino a través de empresas y más formalmente, capitales alojados en diversos sectores comerciales que se están articulando en función de sus intereses y de sus afinidades con el nuevo régimen digital (Rikap, 2026).

Es decir, dado que el epicentro del desarrollo tecnológico que da origen a la plataformización se encuentra en un país desarrollado que históricamente ha estimulado procesos de intervención y subordinación desde diferentes vías, no es sorpresa que dichas innovaciones repliquen, mediante formas tan sutiles como coercitivas, formas de dependencia y subsunción contra otros países y visiones de mundo sobre la tecnología.

En términos generales, estaríamos ante la materialización de la frase: todo cambió para seguir igual. Esta condición estructural y sistémica requiere ser enunciada para poder definir los campos de efecto, pero también para tener la posibilidad de ampliar dichos campos. Dos campos claves para la región son: el relativo a la pulverización de la socialidad y el otro a la característica ecófaga4 de la producción y operación recursiva de las plataformas sociodigitales.

En cuanto a la primera dimensión, las plataformas pueden ser entendidas como dispositivos que controlan, regulan y vigilan cuerpos, narrativas, datos y la propia socialidad. Su influencia es tal, que hoy en la región latinoamericana estas plataformas actúan como extensiones ideológicas y de poder tanto de sus creadores como de sus impulsores al grado de materializarse como un agente tec-info-comunicacional que disputa los sentidos que circulan dentro de sus distintas interfaces. Ellas, ahora, han provocado un grado mayor de desinformación y han incrementado la fragmentación social en las sociedades latinoamericanas y caribeñas a través de la polarización y la otrificación, las cuales les benefician no solo en cuanto a sus procesos de datificación, sino que además favorece la diseminación de sentidos que son afines al proyecto político que sus dueños suscriben (Aruguete y Calvo, 2023).

Por ello es que las plataformas pulverizan la socialidad digital, desbordan la participación ciudadana y erosionan la cultura política nacional. Respecto a la pulverización de la socialidad, las plataformas condensan el proceso de personificación que viene sufriendo la sociedad global desde mediados del siglo XX (Lipovetsky, 1986); en cuanto al descontrol de la participación ciudadana, esta deriva de que su ímpetu a favor o en contra de un proyecto político se extiende más allá de los periodos electorales y las urnas; internet se vuelve un permanente espacio fragmentado donde los circuitos de información exacerban la polarización en detrimento del diálogo y del consenso (Olmedo Neri, 2024).

En cuanto a relación de las plataformas con la erosión de la cultura política, el desencanto de las formas y procesos que dan legalidad y legitimidad del sistema de gobernanza en la región es una conse- cuencia que se agudiza. Por ello es que la internet y, particularmente, las plataformas sociodigitales cada vez ofrecen menos espacios comunes para el diálogo entre pensamientos opuestos relativos a diferentes campos, entre ellos la política. Esta fragmentación emana de la profunda segmentación que provoca la datificación de los usuarios-operadores; al no tener posturas políticas similares, los algoritmos incrementan la distancia entre los usuarios y suprimen cualquier posibilidad de conciliación y construcción de consensos mediante el diálogo (Aruguete y Calvo, 2023).

Entonces, al interactuar, los usuarios comienzan a formar espacios comunes basados en sus intereses o posturas, pero aislados de la trama comunicacional del espacio digital. Por ello es que internet opera en realidad como un espacio reticular fragmentado a través del cual circulan flujos de información algorítmicamente impulsados.

De este modo, la polarización exacerbada y manifiesta se da cuando estas burbujas de retroalimentación colisionan por la intersección o por la interactividad del contenido.

En cuanto a la segunda dimensión a incorporar en el análisis de la plataformización se encuentra la urgencia, desde el pensamiento comunicacional latinoamericano y caribeño, de integrar la dimensiónambiental que ha quedado marginada históricamente de los procesos de análisis y que, sin embargo, es un eje crucial para una región como esta que sufre de un doble proceso de ecofagia o, específicamente tecnofagia: primero como región abastecedora de minerales estratégicos y las implicaciones ambientales de ello (Crawford, 2022); y segundo, como territorios potencialmente afectados por la apertura, instalación y desarrollo de centros e infraestructura tecnológica que consume bienes naturales clave (como el agua y el propio territorio) en su operación y que, progresivamente, puede recrudecer las desigualdades sociales sobre el acceso a ese tipo de bienes5.

Esto no quiere decir que tengamos que decidir entre unas dimensiones y otras, sino que existe la posibilidad teórico analítica para integrarlas sin perder el enfoque crítico que históricamente le ha dado identidad a la perspectiva comunicacional latinoamericana y caribeña.

De este modo, propongo un reajuste conceptual que sea capaz de ampliar el enfoque de análisis sin perder con ello rigurosidad ni la perspectiva crítica y subalterna: pasar de la Economía Política de la Comunicación a la Ecología Política de la Comunicación. Si bien la economía política mantiene una clara alineación con el pensamiento crítico, el cual pone atención en los procesos de estructuración de los ecosistemas mediáticos y las consecuentes esquemas de regulación, la ecología política mantiene esos elementos, pero el enfoque se amplía al campo de las dimensiones ambientales en el proceso de producción (producción, distribución, compraventa y consumo) de las metainfraestructuras, los medios y los consumos mediáticos.

Es decir, con la ecología política de la comunicación sería posible nombrar un campo analítico en las ciencias de la comunicación donde sea posible observar, registrar, analizar y explicar las articulaciones conflictivas o no entre tecnología, espacio, bienes naturales y ciclos biofísicoquímicos a nivel planetario6. Esta necesidad de reajuste conceptual no significa que las innovaciones tecnológicas como “la nube”, las plataformas y la IA sean las únicas contaminantes, puesto que toda innovación tecnológica ha impactado en algún grado el territorio y la naturaleza, pero sí son las que, por las condiciones sociohistóricas actuales (la crisis civilizatoria y el extractivismo socioambiental de aquellos minerales estratégicos para el desarrollo tecnológico), evidencian la urgencia de ese reconocimiento analítico.

Para América Latina y el Caribe, la ecología política de la comunicación puede consolidarse como una derivación teórica-analítica con la que es posible repensar las relaciones sociales de producción bajo ciclos naturales subsumidos a los ciclos de acumulación del capital informacional contemporáneo. Este planteamiento obliga a continuar con la teorización sobre este tema para tener herramientas teórico-conceptuales que ayuden a explicar la realidad del presente sin olvidar que la constitución y desestructuración de los ecosistemas mediáticos locales/nacionales poseen una dimensión ambiental que requiere ser considerada analíticamente. En términos formales, puedo definir la ecología política de la comunicación como aquel campo temático que estudia, aborda, comprende y explica las formas, las articulaciones y los conflictos a nivel económico, político, sociocultural y ambiental que deviene con la estructuración y reconfiguración de los ecosistemas mediáticos a diferentes escalas espaciotemporales y dentro de su ciclo de producción (producción, distribución, compraventa y consumo).

Así, la ecología política de la comunicación podría aportar elementos clave sobre cómo es que la innovación tecnológica se articula con otras industrias extractivistas, acentuando ese rasgo en dicho sector productivo y cuáles son las implicaciones socioambientales de la producción, uso, consumo y desecho de los dispositivos tecnológicos y las (meta)infraestructuras que sostienen el mundo digital.

Por su posición subalterna, dependiente y subdesarrollada, América Latina y el Caribe tiene la capacidad de pensar y problematizar estos nuevos escenarios y objetos de estudio, con el propósito de construir horizontes de posibilidad alternativos con/en/por la tecnología.

Conclusiones

Este trabajo se ha desarrollado en torno al papel y creciente relevancia de las plataformas sociodigitales en la vida cotidiana de la región. A través de una perspectiva comunicacional crítica fue posible dar pistas sobre cómo la plataformización se materializa y de qué manera su avance en América Latina y el Caribe obliga a poner atención sobre sus dinámicas, sus discursos y sus implicaciones tanto materiales como intangibles.

Las reflexiones aquí vertidas buscan impulsar el debate sobre dichas tecnologías y su pertinencia o no en los procesos de transformación que actualmente se viven. Poner atención en las plataformas no solo descansa en saber qué son y cómo surgen, sino bajo que condiciones lo hacen y de qué manera su desarrollo puede realmente cambiar o profundizar la desigualdad social en la región. Hasta el momento, la plataformización en América Latina y el Caribe ha sido integrada como parte de las dinámicas de integración a la globalización, con todas sus ventajas y desventajas. Toca el turno en ampliar el debate ya no solo a su uso o no, sino a la posibilidad de disputarlas a través de su diseño y producción, por un lado, y de reconocer sus implicaciones socioambientales, por otro lado.

En cualquier caso, analizarlas desde un enfoque crítico se vuelve un imperativo categórico que permitirá repensar la relación histórica entre sociedad y tecnología y cómo ésta última puede ayudar o no a realiza las transformaciones necesarias que la región demanda para alcanzar nuevos horizontes de posibilidad basados en la justicia ecosocial.


Referencias

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Srnicek, Nick (2018). Capitalismo de Plataformas. Buenos Aires:
Caja Negra.

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  1. Doctor en Ciencias Políticas y Sociales por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Profesor Investigador de Tiempo Completo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Centro miembro CLACSO. Grupo de Trabajo CLACSO “Activismos y ciudadanías sexuales: diálogos interdisciplinarios”. correo: [email protected] ↩︎
  2. Esto tiene implicaciones importantes, pues al redireccionar todos los procesos a la economía digital naciente, se desarrollará una dinámica acelerada de “destrucción creativa” sobre las bases materiales de las cadenas de producción ya definidas. Es decir, se iniciará un proceso de reestructuración de las cadenas de valor para la integración de estas plataformas en sus diferentes etapas en tanto resultado de la configuración de la naciente economía digital. ↩︎
  3. Para el caso de la IA, la lógica que se planteó en su momento sobre la posibilidad de tecnificar la humanidad (la metáfora del ciborg) en tanto nueva cruzada ontológica, resultó ser inversa. No estamos ante la tecnificación de la humanidad, sino ante la humanización de la tecnología. Eso se evidencia en la forma en que la innovación de la IA surge: se privilegió la conformación y el entrenamiento del espíritu de la máquina a través de la interacción e interactividad entre ella y los individuos, pues ello requiere de un mayor tiempo que la propia materialización de su cuerpo. ↩︎
  4. Término que acuño para identificar el proceso depredador y extractivista tanto vital como ambiental de la producción tecnológica sobre la fuerza de trabajo y la naturaleza. Esta articulación es clave para reconocer que el desarrollo tecnológico no es etéreo, sino que posee una materialidad y con ello un costo planetario progresivo que demanda y dinamiza ciertos sectores productos como la minería, mediante la extracción de minerales estratégicos. Además, obliga a que dicho sector se expanda y busque nuevos territorios proclives de ser intervenidos productivamente. Existe, pues, un intento por ampliar la frontera extractiva de los ciclos económicos sobre los ciclos naturales y vitales a través de la innovación tecnológica. ↩︎
  5. El desarrollo desregulado de parques industriales destinados para los centros de datos en el estado de Querétaro, México y la consecuente presión hídrica que ha comenzado a afectar a localidades cercanas a dichos espacios de desarrollo tecnológico, es un ejemplo de estas nuevas tensiones. Esto sin contar las facilidades que han otorgado las autoridades de diferentes niveles de gobierno para atraer a inversores (como la dotación de terrenos para su instalación) y sin olvidar la compraventa o arrendamiento de tierras de uso agrícola que hoy están cambiado su finalidad productiva para atraer capitales trasnacionales. Estos casos son tan solo una evidencia de la conflictividad socioambiental del mundo digital que incrementará en la región en el futuro cercano. ↩︎
  6. Si bien, la crisis civilizatoria y planetaria ha llevado a repensar el cambio climático desde las distintas ciencias sociales, en el caso de la comunicación esta se ha limitado a observar cómo se construyen las representaciones mediáticas en torno a la sustentabilidad o a investigar el papel y el lugar que guardan las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) en los conflictos socioambientales en la región. Estas áreas son fundamentales porque entienden la comunicación tanto en su campo consolidado (las representaciones mediáticas y las dinámicas de cobertura del fenómeno en cuestión) y en articulación con procesos emergentes (como el activismo digital y con ello los repertorios de acción conectiva). También es cierto que poca atención ha recibido el análisis de los costos planetarios que han sido generados por los procesos de interconexión a escala global de los sistemas de comunicación e información. La deforestación de bosques, la demanda de minerales estratégicos para la producción de los materiales que dan sustento tangible al mundo digital y sus respectivos dispositivos, así como el extractivismo de recursos para el funcionamiento de los centros de datos, por ejemplo, dan cuenta de un campo poco explorado y reconocido en el ámbito de las ciencias de la comunicación. Una apuesta natural a su desarrollo ontológico, epistemológico, axiológico y praxeológico no es la omisión de estos problemas, sino su reconocimiento y teorización desde un enfoque situado y crítico. ↩︎