La cancha inclinada del capital: racismo institucional, fronteras selectivas y la geopolítica del Mundial 2026

 La cancha inclinada del capital: racismo institucional, fronteras selectivas y la geopolítica del Mundial 2026

Pensar el fútbol más allá del espectáculo implica abrir el juego a sus tramas sociales, económicas, políticas y culturales. En esta serie, reunimos miradas críticas que interrogan el Mundial como escenario de disputas, identidades y desigualdades, pero también como espacio de imaginación colectiva. Desde el Sur, proponemos leer el deporte como campo de sentido, poder y transformación.


Por Grupo de Trabajo CLACSO «Antirracismo y Afrodescendencia en el Sur Global»

El desarrollo de la Copa Mundial de Fútbol 2026 en los Estados Unidos no solo representa la máxima expresión del espectáculo y el negocio globalizado, sino que también funciona como un nítido laboratorio a cielo abierto de las profundas asimetrías coloniales y las dinámicas de racismo estructural que configuran el orden contemporáneo. Bajo la actual administración de Donald Trump, la retórica de la seguridad nacional y la paranoia migratoria han dejado de ser meras directrices domésticas para convertirse en los filtros que determinan quiénes tienen derecho a participar de la fiesta global y quiénes son reducidos a la categoría de sospechosos originarios.

Lejos de la pretendida neutralidad que las corporaciones deportivas intentan vender, las canchas de este Mundial se encuentran severamente inclinadas. Dos acontecimientos recientes en el cuerpo arbitral del torneo exponen de forma brutal esta doble vara institucional. Por un lado, la rápida absolución del colegiado australiano Shaun Evans tras haber exhibido ante las cámaras de la transmisión oficial un gesto inequívocamente asociado al supremacismo blanco («White Power»). El Comité Disciplinario de la FIFA demoró menos de veinticuatro horas en archivar el expediente, asumiendo el descargo del árbitro del Norte global como un simple «tic involuntario». La única respuesta sistémica consistió en modificar la puesta en escena televisiva para ocultar los planos frontales de los jueces de video; una maniobra de higienización visual que prefiere esconder el síntoma antes que revisar el racismo latente en sus filas.

Por otro lado, la contracara de esta indulgencia la padeció el somalí Omar Abdulkadir Artan, consagrado unánimemente como el mejor árbitro del continente africano. Sin posibilidad alguna de alegar tics o malentendidos burocráticos, Artan fue interceptado, detenido y deportado en los controles fronterizos bajo el amparo de la Ley de Inmigración y Nacionalidad estadounidense. Para el cuerpo y el pasaporte del Sur, la maquinaria estatal operó con una precisión quirúrgica que cercenó su derecho al trabajo y su reconocimiento profesional antes de que rodara la pelota. Mientras al oficial del Commonwealth se le concede el beneficio de la duda metafísica, al profesional racializado se lo somete al despojo migratorio sin que los organismos rectores del fútbol muevan un solo dedo para garantizar su inmunidad deportiva.

Esta polaridad no constituye un hecho aislado, sino la punta de un iceberg predecible de perfilamiento racial sistemático. Diversas delegaciones de periodistas alternativos, activistas, movimientos sociales y familiares de delegaciones provenientes de África Occidental y el Caribe,vienen denunciando una política de visados negados y «controles excesivos» en las salas secundarias de los aeropuertos estadounidenses. Se persigue la melanina bajo la narrativa del control de fronteras, administrando selectivamente el flujo humano e instalando una geografía represiva donde los cuerpos racializados son leídos de antemano como amenazas de permanencia ilegal.

Frente a este escenario, el rol de la conducción de la FIFA ha mutado de la supuesta prescindencia política a una franca complicidad corporativa. Al ceder la soberanía de sus propios torneos y protocolos a las lógicas coloniales y de exclusión de una superpotencia, el organismo internacional actúa como gerenciador de un entretenimiento dócil, donde las garantías de los derechos humanos y las declamadas políticas de «tolerancia cero al racismo» quedan supeditadas a las exigencias de las agencias federales de control de rostros.

Desde el Grupo de Trabajo de CLACSO «Antirracismo y Afrodescendencia en el Sur Global» entendemos que el caso de Evans y el destierro silencioso de Artan trazan la verdadera cartografía política de este acontecimiento. El fútbol, histórico espacio de disputa simbólica y resistencia comunitaria, es utilizado aquí como una vitrina para la normalización de las fronteras selectivas del capital. El debate público actual no puede limitarse a los resultados deportivos ni a las métricas del consumo masivo. Urge disputar el sentido de estas violaciones institucionales y denunciar cómo, bajo la escenografía brillante del espectáculo global, los tics y guiños del supremacismo del Norte se perdonan y protegen, mientras que las identidades y trayectorias del Sur Global se criminalizan, se persiguen y se deportan.


Grupo de Trabajo: Antirracismo y afrodescendencia en el Sur Global


Presentación del GT