Horizontes democráticos en tiempos de coronavirus

Pauli Huotari y Teivo Teivainen[1]

En contextos de crisis como el actual, las salvaguardas del orden establecido se ponen en acción y no faltan iniciativas autoritarias que intentan aprovechar la coyuntura. Pero también emergen formas de ayuda mutua y proyectos alternativos que buscan expandir los horizontes democráticos y las posibilidades de cambio.

Los momentos excepcionales legitiman respuestas políticas excepcionales. La declaración de una emergencia conlleva generalmente la disminución de derechos y libertades democráticas. Sin embargo, tiempos como este también pueden ofrecer la oportunidad para impulsar experimentos que expandan los límites de lo políticamente posible de un modo que mejora la imaginación democrática.

Una extensión del horizonte de posibilidades políticas puede significar, por ejemplo, una expansión de la regulación estatal. Los presupuestos nacionales se tornan de pronto más flexibles, lo que abre un nuevo espacio para conceptos de raíz keynesiana en las políticas públicas, con el fin de incrementar la intervención estatal para mitigar el impacto de la crisis. Al mismo tiempo, la crisis también puede alentar formas no estatales de organización colectiva. La ayuda mutua, impulsada históricamente por muchos anarquistas, se torna un hecho concreto en muchas localidades.

La acción sindical puede asumir nuevas dimensiones, como en el caso de la negativa de quienes conducen ómnibus a controlar los pasajes por miedo al contagio. Esto puede habilitar la experimentación con el transporte público gratuito como una mera consecuencia inesperada, pero también podría ampliar los horizontes para un sindicalismo socialmente comprometido capaz de incorporar las demandas de otros movimientos sociales. A su vez, para los académicos privilegiados, permanecer en casa puede aumentar el tiempo disponible para reflexionar sobre órdenes mundiales alternativos y para discutir (digitalmente por ahora) cómo concretarlos.

Muchas de estas experiencias pueden ser breves y reversibles. La pandemia de Covid-19 que se extiende en este momento tiene terribles consecuencias para la humanidad. Los riesgos de contagio no se distribuyen de manera equitativa. Muchos tienen obligaciones que dificultan el aislamiento y el distanciamiento social. Es importante enfrentar la posible desesperanza distópica que está generando en los más vulnerables, además de buscar horizontes democráticos durante la crisis. Para bien o para mal, la crisis abre grietas en el presente que pueden ofrecer señales para el futuro.

La gobernanza del coronavirus

Un impacto exógeno sobre las realidades sociales y políticas atrae a quienes Vivien Schmidt ha llamado «emprendedores discursivos». «Sirven como catalizadores para el cambio, ya que aprovechan y articulan las ideas de comunidades y coaliciones discursivas». Una intervención exitosa de los emprendedores discursivos puede conducir a la definición de formas posibles de avance en términos del paradigma del emprendedor. Desde una perspectiva diferente, también puede significar lo que afirma Naomi Klein (2020): «El futuro se verá determinado por cualquiera que esté dispuesto a luchar con más fuerza por las ideas disponibles». Es posible que Klein ponga aquí demasiado énfasis en una perspectiva voluntarista de agencia, pero las diferentes plataformas de medios desbordan hoy de intentos de articular respuestas inmediatas al problema de cómo controlar la crisis provocada por la pandemia. En combinación con las respuestas de los Estados y otras instituciones, ha emergido un nuevo campo de especialización participativa que llamamos «gobernanza del coronavirus».

La gobernanza del coronavirus incluye curiosidades ideológicas, como por ejemplo que en Finlandia la oposición de derecha le pida a un gobierno de izquierda que asuma poderes más autoritarios. A escala global, muchos se preguntan si la forma en que China ha manejado la crisis ofrece evidencia a favor –o en contra– de las posibilidades de manejo de crisis de parte de un país abiertamente autoritario. En los intercambios sobre la emergente gobernanza del coronavirus a veces se menciona a Corea del Sur como un posible modelo a seguir.

Si hoy los europeos y los estadounidenses miran hacia las experiencias asiáticas para aprender de ellas, esto podría tener algunas consecuencias a más largo plazo. En los abordajes eurocéntricos y colonialistas tradicionales, todavía muy vigentes en la actualidad, los otros necesitan siempre aprender de Europa. Que los europeos y los habitantes de otras partes del «Occidente global» intenten aprender a aprender de los otros podría volver el mundo menos eurocéntrico y, al menos potencialmente y en algún sentido, más democrático. Para usar términos acuñados por la politóloga y académica feminista Saara Särmä, hay una posibilidad de que el mundo poscoronavirus (post-coronial) sea ligeramente más poscolonial. Pero también, aprender de China puede conllevar una difusión más extendida de técnicas de control autoritarias. Para el futuro democrático, en sus diversas posibilidades, la crisis del coronavirus presenta tanto peligros como oportunidades.

Como ya sostuvo Naomi Klein en La doctrina del shock (2007), las oportunidades ofrecidas por las crisis repentinas son definidas con frecuencia por las elites. Sin embargo, un shock como el del coronavirus puede permitir también que nuevas ideas entren en el discurso público. Por ejemplo, durante el brote de la enfermedad de la «vaca loca» algunas demandas externas al discurso de la elite lograron ingresar temporariamente en la arena política mundial. Entre ellas se incluían, como señala Mika Aatola, demandas relativas a la salud pública y a la protección al consumidor. Sin embargo, los efectos a largo plazo fueron limitados. Es posible –pero de ningún modo puede garantizarse– que la atención sin precedentes que los medios globales prestan a la crisis actual contribuya a que los problemas sanitarios obtengan una mayor prioridad en las futuras políticas públicas.

Correr el velo sobre el pasado

La reacción frente a la crisis del coronavirus puede ayudar a revertir suposiciones falaces del pasado. La afirmación de que el financiamiento público de un Green New Deal era algo imposible es puesta en cuestión por las nuevas políticas dirigidas a confrontar la aparente incapacidad de los mercados para manejar la crisis actual. Si hay dinero público y voluntad política para enfrentar el coronavirus, ¿por qué no puede haberla también para afrontar la crisis del cambio climático? Países conservadores en el plano fiscal, como Alemania, están liberalizando sus posturas sobre los aumentos del gasto público y el déficit fiscal. Los conservadores británicos pasaron de las políticas de austeridad a un enorme estímulo fiscal, aunque ya se habían visto señales de un cambio incluso antes de la pandemia.

La expansión de la intervención estatal involucra seguramente un elemento de solidaridad de clase: los intereses inmediatos de los capitalistas están en riesgo. La naturaleza intrínsicamente política del capitalismo, como advirtió Howard Zinn en La otra historia de los estados unidos (2011) se vuelve más visible cuando las empresas no pueden depender de los mercados y necesitan un escudo frente a las potenciales protestas de los de abajo. Hay un debate de larga data entre economistas y profesionales de las finanzas sobre el papel y los impactos de las políticas monetarias y fiscales. Algunas de las políticas en discusión están siendo actualmente puestas a prueba.

La crisis también inspira iniciativas políticas para aliviar a quienes sufren, aun si es posible que la motivación sea en buena parte dar apoyo a las estructuras de poder existentes. En Estados Unidos, Tulsi Gabbard, una de las precandidatas demócratas para la elección presidencial de 2020, propuso un ingreso ciudadano de mil dólares durante el periodo de crisis. Los planes de transferencias directas (helicopter money) se han vuelto cada vez más radicales y el gobierno de Donald Trump llegó a proponer de hecho enviar cheques a los estadounidenses para combatir la recesión. Para un país que cuenta con una relativa soberanía económica, aprobar la propuesta de Gabbard no sería un problema financiero serio. No hay garantía de que estas prácticas excepcionales puedan resultar en una transformación a largo plazo pero pueden hacer que demandas que podían parecer irreales se vuelvan socialmente más aceptables. Un esquema de ingreso ciudadano permanente podría contribuir a evitar el contagio en el contexto de pandemias futuras, ya que sería más fácil que la gente pudiera permanecer en sus hogares.

El fin del «No hay alternativa»

Los actuales paquetes de rescate macroeconómicos no son prueba de un cambio de paradigma, pero hay nuevas prácticas también en otras áreas. Las rutinas se alteran y hay cambios materiales en nuestras vidas cotidianas. Los hábitos de trabajo y de ocio se modifican. Todo esto hace posible ver más allá de los postulados clásicos según los cuales «there is no alternative».

Los movimientos de base pueden ganar importancia en tiempos de crisis. Los nuevos grupos de ayuda mutua inventan formas de asistir a la gente en sus vecindarios. En Helsinki, un grupo de Facebook declara: «La idea es conectar a los que están en cuarentena, a los enfermos y a los vulnerables, con integrantes de la comunidad que están cerca de ellos y pueden hacer trámites y llevarles las provisiones necesarias (u otras cosas que necesiten)». Queda por ver hasta qué punto este tipo de organización podría evolucionar para asumir formas más duraderas de construcción política comunitaria no estatal.

En un libro próximo a publicarse, The Revival of Political Imagination [El renacimiento de la imaginación política], Keijo Lakkala sostiene que «específicamente, la utopía puede entenderse como una contrapráctica social motivada por el deseo de una existencia mejor. La utopía tiene a la vez el potencial de relativizar las bases de la sociedad actual (distanciarnos del orden social existente) y de crear fracturas dentro del presente y abrir posibilidades para nuevas formas de ser y hacer. La perturbación del presente abre una pluralidad de futuros» . En paralelo a los shocks negativos de oferta y demanda que se producen hoy en los mercados, la crisis puede incrementar la oferta y la demanda de pensamiento utópico.

Como escribió John Holloway en Crack Capitalism (2010) La crisis abre grietas en «un mundo que se presenta como cerrado». Cuando las fracturas son suficientemente grandes, se vuelve visible la miríada de posibilidades que existen en la estructura de la realidad social, bajo las prácticas actuales. En estos contextos, las salvaguardas del orden establecido se ponen en acción y hay demandas autoritarias que intentan aprovechar el momento. Pero otros están trabajando sobre los elementos disruptivos del presente para expandir los horizontes democráticos, y abrir una pluralidad de futuros.


[1] Pauli Huotari es estudiante doctoral en política mundial de la Universidad de Helsinki. Teivo Teivainen es profesor principal en política mundial de la Universidad de Helsinki y director fundador del Programa Democracia y Transformación Global de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Investigador vinculado a la Red CLACSO. Versión original publicada en Nueva Sociedad, marzo de 2020. Traducción: María Alejandra Cucchi.

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