Cuba resiste. Apoyen a Cuba

 Cuba resiste. Apoyen a Cuba

María Isabel Domínguez[1]

La Habana, Cuba

Hoy Cuba vive un momento crítico de su historia, enfrentada a una guerra sin bombas que agudiza a un extremo insostenible las más de seis décadas de bloqueo económico, comercial y financiero y de agresiones encubiertas por parte de Estados Unidos, encaminadas a obligar a un cambio de sistema político y recuperar su dominio sobre la Isla.

Disponer de Cuba como un apéndice neocolonial estadounidense ha sido una pretensión desde el siglo XIX. Su intervención en la guerra hispano-cubana les arrebató la victoria a los mambises e impuso la ominosa Enmienda Platt con la que se inauguró una república neocolonial que duró más de medio siglo. Hoy vemos a numerosos historiadores occidentales hablar de la guerra hispano-norteamericana y borrar la participación cubana en la contienda.

La revolución triunfante en 1959, popular, democrática y antimperialista, luego proclamada socialista, a noventa millas de Estados Unidos y sostenida a lo largo de ya casi siete décadas, a pesar de todo tipo de maniobras para derrotarla, ha sido la espina que durante más tiempo ha hecho fracasar los intentos de convertir a toda la región latinoamericana y caribeña en su patio trasero. Porque Cuba no ha sido una pieza aislada, sino el ejemplo de que ha sido posible construir una sociedad con equidad y justicia social, manteniendo la soberanía, sin explotación ni discriminación.

La Revolución cubana no ha sido un proceso exento de errores, muchos derivados de la condición de “plaza sitiada” en la que ha debido desarrollarse, y otros derivados de las propias dinámicas internas, del miedo a los cambios, de tendencias burocráticas y reducción de la participación. En diferentes momentos a lo largo del proceso revolucionarios no han faltado análisis críticos, intenciones de rectificar “tendencias negativas” o “distorsiones” que muchas veces han llegado tarde. Mucho se podría haber hecho distinto, pero Cuba no ha tenido margen para hacer el proyecto que hubiera querido y ha hecho el que ha podido según las circunstancias lo han permitido. Circunstancias que desde el inicio mismo estuvieron marcadas por el propósito declarado de asfixiar el proyecto revolucionario.

A riesgo de ser reiterativa con informaciones más que difundidas, no puedo dejar de mencionar que, en fecha tan temprana como abril de 1960, el entonces Subsecretario Adjunto de Estado para Asuntos Interamericanos de Estados Unidos, Lester D. Mallory redactó un Memorándum que ha trascendido como Memorándum Mallory donde aconsejaba:

Emplear con prontitud todos los medios posibles para debilitar la economía cubana. Si se adopta tal política, debe ser el resultado de una decisión firme que desencadene una línea de acción que, si bien sea lo más discreta y hábil posible, logre el mayor impacto en la negación de fondos y suministros a Cuba, la disminución de los salarios monetarios y reales, y la consiguiente hambruna, desesperación y derrocamiento del gobierno.

Dos años más tarde el presidente John F. Kennedy firmó la Orden Ejecutiva que oficializó el bloqueo económico, comercial y financiero contra Cuba, la guerra económica de más larga duración contra cualquier Estado soberano, que en diferentes momentos se ha fortalecido con nuevas medidas para lograr el propósito de rendir por hambre al pueblo cubano: la Ley Torricelli en 1982, la Ley Helms-Burton en 1996 con su marcado carácter extraterritorial, las 242 medidas de la primera Administración Trump y la colocación de Cuba en la lista de países que supuestamente patrocinan el terrorismo.  

Esa política ha alcanzado su punto máximo en el año 2026. El 29 de enero el presidente Donald Trump declaró un bloqueo energético que se ha calificado como un bloqueo dentro de otro bloqueo y que ha sumido al país en largas horas de oscuridad. En lo que va de año solo ha llegado a puerto cubano un buque con 730 mil toneladas de petróleo como ayuda humanitaria de Rusia.

La falta de combustibles genera prolongados apagones a la población de más de 20 horas, agravando la ya compleja situación del sistema electro energético nacional producto de la obsolescencia de las termoeléctricas y las dificultades para acceder a piezas de repuesto. A ello se añade la reducción al mínimo de las opciones de transporte y las limitaciones para el funcionamiento de todas las actividades tanto de la economía del país como de la vida cotidiana de la población: se limita el bombeo de agua, se reducen las opciones para la cocción de los alimentos, se paraliza la industria, el riego a los cultivos y la transportación de los productos a los mercados, con la consiguiente elevación de los precios. Se afecta el funcionamiento de los hospitales, incluidos los salones quirúrgicos, los respiradores en las salas de terapia, las incubadoras para los bebes.

El objetivo de esa política es hacer insostenible la vida y propiciar un levantamiento contra el gobierno que allane el camino para una intervención estadounidense. Pero si la intensificación del bloqueo económico con el bloqueo energético no ha resultado suficiente, el 1º de mayo el presidente Trump emitió otra Orden Ejecutiva con nuevas sanciones contra entidades cubanas, con implicaciones directas de carácter extraterritorial, bajo el pretexto de que Cuba constituía una amenaza a la Segundad Nacional de Estados Unidos.

Ante la medida, se han retirado numerosas empresas extranjeras radicadas en Cuba, en particular las vinculadas al turismo (Iberostar, Aston, Meliá, Royalton), dando un golpe mortal a un turismo ya herido por las dificultades que atraviesa el país, la retirada de varias aerolíneas que han suspendido sus vuelos y por la intensa campaña mediática, a la que le dedicaré algunas palabras aparte. También como resultado de la OE del 1º de mayo, ha cancelado su relación con Cuba el banco internacional que permitía el uso de tarjetas bancarias internacionales como Visa y Mastercard, restringiendo aún más el acceso a divisas y a bienes y servicios en el país.

Pero la guerra económica no opera sola. La acompaña la guerra mediática, la permanente divulgación de fake news, de mensajes de odio, de campañas de difamación con la narrativa del “estado fallido”, la disuasión al turismo internacional, la tergiversación sobre el significado de las brigadas médicas, la hiperbolización de las protestas, la incitación al levantamiento popular y a pedir una intervención extranjera y los infundios sobre la amenaza de Cuba a la seguridad de Estados Unidos. Es el escenario que acompaña al tercer eslabón de esta puesta en escena: la guerra psicológica con la amenaza de agresión militar para infundir miedo y crear desestabilización y apostar por la rendición.

Es una guerra sin misiles, bombardeos ni invasiones, con cuatro componentes: destrucción económica, confusión comunicacional, aislamiento internacional y desestabilización psicológica.

Todo ello en un escenario internacional en el que se ha vivido el genocidio de Gaza, el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa, la combatiente y diputada Cilia Flores, la agresión a Irán, los ataques al Líbano y el avance de la extrema derecha en buena parte del mundo, incluida nuestra región, que ha sido reivindicada como pertenencia de Estados Unidos en el Corolario Trump a la Doctrina Monroe. En ese marco doblegar finalmente a Cuba parece un objetivo fácil.

Seguir adelante en esas condiciones solo es posible por la heroicidad cotidiana de todo un pueblo que resiste. Claro que el pueblo cubano está agotado, quiere vivir en paz, llevar adelante su vida con tranquilidad y dejar atrás tanta penuria. Quiere que no lo sigan asfixiando y amenazando, pero quiere que se logre con respeto a su soberanía y a su dignidad, que se logre a través de un diálogo con Estados Unidos sin imposiciones. Cuba no quiere el conflicto, no quiere la guerra, pero está dispuesto a defenderse y no claudicar en sus principios. Y mientras tanto, resiste, crea, trabaja y continúa resistiendo, es la forma de enfrentar esta guerra.

Cuba es un pueblo de paz que ha llevado su solidaridad a todos los continentes, que enseñó a leer y escribir a tantos que varios países pudieron declarar erradicado el analfabetismo. Ha llevado sus médicos a zonas afectadas por terremotos y otros desastres naturales, a combatir la epidemia del ébola en África, la pandemia de la Covid-19 en varios países, que devolvió la visión a decenas de miles de latinoamericanos, que llevó la atención sanitaria a rincones cuyos pobladores nunca habían visto un médico, que formó y continúa formando médicos en la Escuela Latinoamericana de Medicina con jóvenes de todo el mundo, incluido los propios Estados Unidos.

Por eso Cuba agradece las muestras de apoyo y solidaridad de tantas amigas y amigos en diversas partes del mundo. Cada comunicado, cada recogida de firmas, cada barco con ayuda humanitaria es un aliciente para continuar resistiendo porque es la señal de que Cuba no está sola. También se necesita el apoyo decidido de quienes pueden, para romper el cerco energético y traer petróleo antes que los respiradores se agoten totalmente y venza el cansancio a quienes dan oxígeno manualmente.

Por eso decimos a la comunidad internacional, y como parte de ella a la comunidad académica:

Cuba resiste. Apoyen a Cuba.

Viva Cuba libre.


[1] Ex integrante del Comité Directivo de CLACSO. Integrante del Grupo de Trabajo CLACSO “Juventudes e Infancias”.