Cambio ambiental global Metabolismo social local


Atender el Cambio Ambiental Global de cara al Metabolismo Social Local, permite resaltar el peso del territorio de cada una de las localidades donde nos encontramos, resaltando las particularidades de las mismas en cuanto a umbrales críticos como: especies en peligro de extinción, endemismo, stress hídrico, vulnerabilidad climática. Igualmente, conduce a la valorización social que cada sociedad hace de componentes como el paisaje, sujetos a la valoración arquetípica singular que expresa a cada experiencia local como única e irrepetible.

En términos generales, se quiere entender cómo el cambio climático y de los principales ciclos biogeoquímicos y la pérdida de la biodiversidad afectan el metabolismo social local, de la «Continuidad Eco-Cultural», de las comunidades que han creado una variedad de sistemas productivos basados especialmente ​​en la biodiversidad local. La consideración del metabolismo social permite la valorización de las opciones de la sostenibilidad ecológica, social y económica de cada localidad en el seno de proyectos subancionales, nacionales y regionales. El aprovechamiento de estas oportunidades, en buena medida está vinculado al saber propio, en el capital cognitivo local, la clave para “llenar los vacíos” que el desarrollo insostenible enajenante y excluyente genera, al no incorporar a las contribuciones de la naturaleza a la gente, los conocimientos tradicionales, las prácticas seculares de agricultura sostenible, las formas de asociatividad para el trabajo y cooperación que desbordan la lógica del mercado.

La detección de las contradicciones entre el Cambio Ambiental Global Metabolismo Social Local, se pretende como una vía para empoderar a las comunidades para propiciar el desarrollo sustentable alternativo de “abajo hacia arriba”, articulador de la diversidad natural y cultural. Se trata de articular una lógica diametralmente opuesta a la que prevalece en el modelo primario exportador latinoamericano, sustentado en la extracción de materias primas especialmente minerales, energéticas y agrícolas, valoradas en función de sus posibilidades de transacción en el mercado internacional, sin tomar en cuenta las particularidades de los distintos sitios de extracción. No importa si, por ejemplo, se trata de petróleo en el interior amazónico o costa afuera en el Atlántico o en el Caribe, lo importante es el barril de petróleo obtenido, valorado como un recurso común (“commodities”), sin particularidad alguna, sin importar el ámbito geográfico donde se localizan sus yacimientos como tampoco las condiciones sociales de las comunidades locales asociadas a esos sitios de extracción. Lo mismo pasa con los restantes commodities minerales e inclusive con los agrícolas, como la soja, rubro que indistintamente se puede cultivar en el altiplano boliviano, la pampa argentina y uruguaya, en el cerrado brasileño o en los llanos colombo-venezolanos. De tal manera que las actividades extractivistas en lugar de reflejar el conjunto de particularidades territoriales, constituyen enclaves puntuales que se proyectan al exterior de los territorios.

La atención a estos procesos metabólicos locales, frente a las disrupciones que propician los cambios ambientales provocados por el capitalismo mundial, puede ser un factor clave para activar la base material del “círculo virtuoso” de la gobernanza, del gobierno propio necesario para que desde las propias localidades se rompa con la enajenación, la acumulación por despojo, la biopiratería y con los restantes mecanismos de dominación económica, política y cultural que favorecen los intereses de las grandes empresas nacionales y transnacionales que al apropiarse de los recursos naturales locales ­–los cuales son en muchos casos el único patrimonio intergeneracional, es decir sostenible de muchas comunidades de base espacialmente del mundo rural latinoamericanas–, las condena al “círculo vicioso” del empobrecimiento socio-territorial.

En términos comerciales globales, América Latina aparece como exportadora neta de agua, tierra y materiales en general, especialmente hacia la Unión Europea, EE.UU. y en menor proporción China. Esta situación está produciendo un balance negativo de tal magnitud que se puede hablar hoy de la existencia de un “Prebisch ecológico”, donde existe un intercambio ecológicamente desigual, donde la degradación ambiental no es suplida por simplemente buenos precios de mercado. La región perdió casi 50 millones de hectáreas de bosques, lo que representa los niveles de deforestación más altos del mundo. De tal manera que con la evaluación metabólico-social se está obligado a trascender el reduccionismo de los criterios y lógicas de mercado y de las nefastas consecuencias ambientales planetarias que han desembocado en la crisis ecológica de la civilización fósil del antropoceno. Ésta golpea doblemente a la región, a los países que la constituyen y a las poblaciones que los habitan, ya que perdemos tanto por no lograr articular un proceso metabólico cabal que permita agregarle valor humano transformador y ecológicamente viable a la naturaleza local, como por el sometimiento a las consecuencias de los cambios ambientales globales causados especialmente por un Norte que se ha industrializado “parasitando” al Sur.



Coordinan:
Antonio De Lisio: Centro de Estudios del Desarrollo – Universidad Central de Venezuela
Urphy Vasquez Baca: Instituto de Ciencias de la Naturaleza, Territorio y Energías Renovables – Pontificia Universidad Católica del Perú


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