11 de junio, 2019

Bohoslavsky: “Lo que une a las derechas es un enemigo compartido, pero no necesariamente comparten amor entre sí”

La adopción acrítica del ideario neoliberal, el fetichismo de la mercancía y los gobiernos autoritarios con las Fuerzas de Seguridad, son algunas de las marcas que van dejando los gobiernos de la derecha en la Región, expresó el historiador Ernesto Bohoslavsky para CLACSO TV en el marco del XXXVII Congreso de LASA 2019. A su vez, mencionó que muchos actores de izquierda, derecha y católicos tienden en referenciarse a “pertenencias internacionales” en los procesos políticos. “Tener un partido o una maquinaria electoral, realmente no te garantiza el triunfo”, dijo el coordinador de Grupos de Trabajo CLACSO “Derechas contemporáneas: dictaduras y democracias”. También remarcó el rol importante que fomentan las redes sociales hacia las campañas electorales: “La opinión política ya no se forma en la planta industrial ni en la oficina, sino por lo que uno lee en facebook”. Y con respecto a cómo entiende Trump y Macri la economía desde el plano nacional e internacional, fue claro y preciso: “La diferencia es ideológica, pero también es posicional”.

-Ernesto: Me interesaría comenzar a hablar de una temática que está teniendo especial relevancia en los últimos tiempos en Latinoamérica y a nivel mundial que tiene que ver con las “Derechas al poder”. ¿Cómo analizás este proceso en los últimos años?

-Está claro que hay actores que actúan de manera coordinada, más allá de las fronteras: sobre ese punto no tiene mayor sentido dudar. La pregunta para mí más bien es cuál es el efecto que esa coordinación tiene sobre los respectivos escenarios nacionales. Hoy por hoy, casi todos los actores políticos relevantes tienen una serie de relaciones internacionales. La cuestión es hasta qué punto esas redes consiguen tener algún efecto, alguna incidencia sobre lo que pasa. Está claro que esas redes en efecto impactan, pero yo diría que no son la clave para entender triunfos de coaliciones de derecha ni en Argentina, ni en Brasil, ni en Colombia, ni en Chile. Tener esos amigos que juegan en la esfera internacional ayuda, pero el triunfo de Bolsonaro le debe poco o nada a la presencia de Trump o en todo caso me parece mínimo respecto del peso que tiene, por ejemplo, el “antipetismo”. El triunfo de Macri, diría yo, tiene poco que ver con lo que ocurre en la escena más internacional y tiene más que ver en el desgaste producido con el estilo de política kirchnerista. Entonces, lo que sí me parece hay, es que muchos actores de izquierda, derecha, católicos o no, tienden en referenciarse a pertenencias internacionales. Por ejemplo el bolivarianismo, el antibolivarianismo o el neoliberalismo, que en efecto juegan algún tipo de ajedrez en esa esfera internacional, pero no necesariamente esa pertenencia es eficiente a la hora de producir  efectos nacionalmente relevantes.

-En ese sentido, es difícil cómo entender el mapa político de las sociedades, qué es lo que sucede con sociedades que votan partidos más ligados a la centro izquierda, posteriormente a la centro derecha o derecha y cómo no hay necesariamente una pertenencia ideológica desde la tradicional definición derecha e izquierda. ¿Cómo lo intepretás? ¿Es igual en todos los países del mundo o es una característica más regional latinoamericana?

-Es un fenómeno bastante occidental que se registra desde los años 80, donde hay una progresiva erosión entre la pertenencia social y la fidelidad electoral: hay cada vez vínculos menos fuertes entre lo que hacés en el ámbito productivo y lo que hacés en el cuarto oscuro. Y empiezan a tallar por el contrario otros tipos de elementos como la pertenencia territorial, la cuestión generacional, formas de consumo, patrones de sociabilidad. Entonces, esto hace que los partidos tengas menos fuerzas para retener a los votantes, menos capacidad para imponerles a los candidatos. Porque tener un partido, una maquinaria electoral, es algo que  realmente no te garantiza el triunfo. El caso de Bolsonaro: es un tipo que no tiene partido, no tuvo tiempo en televisión y no tuvo financiación pública y sin embargo ganó.

-Hay redes sociales, “fake news”, entiendo que jugaron un rol casi predeterminante…

-Evidentemente. Pero es un tipo de política que se juega más en ese ámbito virtual que en las formas tradicionales de militancia. La opinión política ya no se forma en la planta industrial, no se forma en la oficina, se forma por lo que uno lee en Facebook. Entonces, es otro ámbito de sociabilidad en el cual hay otras reglas que no están asociadas al mundo productivo.

-Es como si se hubiese perdido cierta pertenencia de la lógica partidaria política…

-Es difícil de saber… Porque hasta cierto punto esos dos mundos que vos planteas, están muy conectados. En efecto, cuando uno va al supermercado tiene una percepción, pero esa percepción también se produce a partir de un conjunto de anticipaciones, de prejuicios que son distribuidos antes de ir al supermercado. Entonces, uno va a encontrar a aquello que le dijeron que hay y a su vez uno repite aquello que ya le habían mencionado que existe. Por lo tanto, diría yo, entre el mundo simbólico y el mundo más objetivo-duro del código de barra y el precio del supermercado hay relación: el bolsillo no determina lo que uno vota. Hay un montón de mediaciones identitarias, hay gente que está en la misma posición en el sistema de clase, sistema productivo, que vota muy disímil y que te pueden justificar perfectamente por qué votan eso; con pertenencias más identitarias, a veces étnicas, pero tiene que ver más con el bolsillo efectivamente poseído.

-No daba la sensación que Bolsonaro podía llegar a ser el presidente de Brasil. Mauricio Macri tenía ciertas posibilidades, no estaba definido del todo y terminó siendo presidente en Argentina. ¿Cómo se interpreta cierta dificultad de anticipación de estos movimientos políticos en sus triunfos?

-Estamos hablando de procesos donde intervienen millones de personas y muchas veces millones de personas que deciden votar esa misma mañana. Entonces, estamos hablando de situaciones sociales muy complejas, pero muy azarosas en parte. Diría yo: fallaron muchas de las anticipaciones que las ciencias sociales poseen, fallaron especialmente muchas de las herramientas de la sociología electoral tanto del mundo académico como el de las consultoras, ahí la erraron en varios países a la vez. Y creo que en parte tiene que ver con el comportamiento que efectivamente tienen las personas en el sentido de que o subdeclaran intenciones o manifiestan algo que finalmente no hacen o efectivamente el acto de votar tiene una volatilidad pasmosa. Hay un porcentaje de las personas que decide qué votar cuando están adentro del cuarto oscuro, lo cual hace que sea un proceso muy difícil de prever en términos de quién va a ganar. Podés identificar grandes tendencias, pero no decir quién va a estar arriba y quién va a estar abajo.

-Hay un detalle en relación a los de la derecha: en el panorama internacional cuando uno habla de la derecha de Trump, parece tener características muy diferenciales a la derecha de Macri, pero inclusive en política internacional o en política nacional. ¿Cómo lo interpretás tú?

-Yo creo sería bueno que suspendamos el uso de la palabra “derecha” y empecemos claramente a usar “derechas”. ¿Qué es lo que une a las derechas? Que enfrente tienen a un enemigo compartido, pero no necesariamente comparten amor entre sí. Entonces, en la medida en que enfrente tienen a un enemigo poderoso, esta serie de debates internas de las derechas están más en sordinas, cuando por el contrario le sonríe la suerte, en ese momento va a ajustar cuentas. Y es el momento en donde uno encuentra tensiones de las diversas sectas neoliberales, acerca de cuánto más de monetarismo tiene que haber, discusiones entre los que tienen una perspectiva más desarrollista y otros una perspectiva más monetarista; discusiones sobre firmas con China y firmas con Estados Unidos… Entonces, percibir entre las derechas, hay una serie de diferencias a veces muy importantes en términos ideológicos, en términos de proyectos. Lo que vos mencionás en cómo entiende Trump y cómo entiende Macri la economía, es claro: la diferencia es ideológica, pero también es posicional. Es decir, no es lo mismo administrar la principal potencia económica, militar y cultural del planeta que el sur del mundo. Ciertamente hay distintos niveles de vulnerabilidad, distintos problemas desde ya.

-¿Cuál te parece que ya son las marcas que van dejando los gobiernos de derecha en la Región?

-Diría hay dos o tres rasgos que comparten gobiernos como el de Piñera, Bolsonaro, Macri, Duque: tienen que ver con la adopción bastante acrítica del ideario neoliberal en lo que respecta a reducir las áreas de intervención del Estado, cierto fetichismo con la capacidad del mercado para producir por sí mismo los buenos resultados posibles para la sociedad. Tiene que ver también con cierto proceso de crítica respecto a las políticas de seguridad social de cobertura más universal, un desdén basado en argumentos más meritocráticos en ayudar a todos los que están afuera del sistema, pero no a aquellos que pueden valerse por sí mismo, que no lo merecen en definitiva. También están asociados a gobiernos que alientan el regreso de comportamientos más autoritarios por parte de las Fuerzas de Seguridad e incluso por parte de Fuerzas de Defensa. En el caso de Brasil, diría yo, es el argumento central de la identidad de Bolsonaro. Recordemos que prácticamente su slogan era un gesto de hacer la pistola con la mano derecha. Me parece que en esos dos puntos, la instauración o la reinstalación de una lógica más autoritaria, más securitista y a su vez en la promoción de políticas de cuño más neoliberal, encontramos algunas de las particularidades de estos gobiernos. Para mí el punto interesante es por qué hay grupos sociales significativos que desean esto, anhelan, apoyan, reclaman y celebran este tipo de medida.