El conocimiento, la política pública y la injusticia epistémica. Una respuesta a Moisés Wasserman

Alejandro Mantilla Quijano
Educador e investigador social colombiano


Algunas personas creemos que la tierra es redonda. Desafortunadamente, no todas las personas sostienen esa creencia, así que el cuantificador apropiado es ‘algunas’ y no ‘todas’. Quienes creemos que la tierra es redonda, tenemos buenas razones para defender esa tesis, la podemos justificar, podemos decir porqué esa creencia es verdadera, dándole la razón a Aristarco de Samos o a Carl Sagan y porqué los terraplanistas están equivocados. La definición de conocimiento como creencia verdadera justificada se remonta al Sofista de Platón y ha sido la base de las discusiones de la epistemología desarrollada por la filosofía analítica en el último siglo. Es habitual caer en la tentación de sostener que el conocimiento no depende de creencias, sino de lo que efectivamente sabemos, que no creemos que ‘la tierra es redonda’, sino que así es. Pero eso nos lleva al riesgo de asumir que ciertas afirmaciones no son revisables, que debemos aceptarlas sin cuestionarlas. En contraste, la vocación científica exige considerar que todas nuestras creencias son falibles, que ningún enunciado científico es inmune a revisión. Si no revisamos nuestras creencias, podemos olvidar que el conocimiento es una actividad humana, que depende de prácticas ejercidas por individuos falibles y finitos.
Esa definición del conocimiento ha sido cuestionada (son famosos los contrajemplos de Gettier, pero no tengo espacio para profundizar). En los últimos cuarenta años ganaron importancia los enfoques centrados en las prácticas y los logros al conocer. Estos enfoques promueven valores epistémicos, como las virtudes intelectuales, la comprensión o la sabiduría. Tales virtudes intelectuales, por ejemplo, le permitirán a una conocedora virtuosa llegar a la creencia justificada. Esto nos lleva a dos asuntos distintos. Por un lado, encontramos la importancia de las virtudes intelectuales de los individuos. Por otro, tenemos el problema de cómo personas socialmente situadas, en contextos específicos, tienen prácticas de conocimiento que solo podemos comprender si consideramos aspectos como la identidad social y el poder. Los dos problemas son diferenciables pero inescindibles.
Pensemos en un científico que encuentra nuevas evidencias sobre la relación entre el cáncer de pulmón y la nicotina, pero cuyo trabajo no es publicado por una mala revisión de pares que tienen sesgos machistas y que son financiados por la industria del tabaco. Pensemos en un científico indígena que conoce el manejo de las plantas medicinales en su comunidad y tiene evidencias sobre su eficacia para tratar ciertas enfermedades, pero cuyo saber no es reconocido por no tener formación universitaria. En sociedades marcadas por la desigualdad, el racismo o el patriarcado, es habitual que las personas que exhiben virtudes intelectuales y pertenecen a grupos discriminados no ganen la partida, que su conocimiento no sea validado, o que sus hallazgos sean objeto de desprecio. De eso se trata la pregunta por la injusticia epistémica.
Siguiendo a Pohljaus, podemos hablar de tres sentidos gruesos de la injusticia epistémica. 1. El agravio que sufren las personas a las que se les priva de credibilidad en su testimonio por razones injustificadas, derivadas de la discriminación. ¿Han sabido de casos en que las personas afro son condenadas en procesos penales aunque sean inocentes? ¿Han sabido de profesoras cuya voz no es escuchada aunque tengan trabajos de mayor calidad que los de sus colegas varones? De eso se trata la injusticia testimonial. 2. La injusticia hermenéutica alude a los sesgos, resultado de las relaciones de poder social, que o bien distorsionan, o bien dificultan, la interpretación compartida de la realidad social y de las propias experiencias. Fricker lo ejemplifica con los primeros litigios sobre acoso sexual. Las víctimas de tales prácticas, en su mayoría mujeres, no contaban con recursos conceptuales para hacer inteligible la experiencia ofensiva que habían vivido. La trabajadora acosada por su patrón sufría de vergüenza al sentirse agraviada, pero no contaba con recursos hermenéuticos para poder nombrar el trato ofensivo que había recibido. 3. Casos en los que tales agravios ocurren por el funcionamiento típico de nuestras instituciones epistémicas.

En un trabajo reciente, Hana Samaržija ha planteado que las instituciones públicas pueden generar iniciativas para confrontar la injusticia epistémica, incluyendo que todos los grupos sociales disfruten de un acceso justo y equitativo a la educación y a la oportunidad de adquirir credibilidad socialmente reconocida. Que los grupos marginados tengan acceso a la esfera pública, como las instituciones estatales y los medios masivos, para expresar sus posiciones. También plantea acceso igualitario a cargos públicos, que procure que integrantes de grupos discriminados logren carreras satisfactorias, que les permitan afirmar públicamente sus recursos epistémicos. Por último, propone mecanismos institucionales que enfrenten la desigualdad en los intercambios epistémicos formales, como los que se producen en el sistema educativo y los espacios de investigación. Algunas de esas tareas bien podrían ser apoyadas por el Ministerio de Ciencia en un gobierno progresista.

En una reciente columna, el profesor Moisés Wasserman desestimó el concepto de injusticia epistémica afirmando que se trata de un oxímoron. Desafortunamente, no expresó razones para justificar sus reparos, ni mostró alguna alusión al creciente marco teórico abierto desde 2007, garcias a la publicación del libro Injusticia epistémica de Miranda Fricker. A mi juicio, Wasserman defiende una comprensión del quehacer científico en el que siempre se imponen las buenas razones, siempre ganan las buenas investigaciones y las virtudes intelectuales no tienen límites sociales. Sin embargo, esa no es la situación de la investigación científica real, ni expresa los casos normales de la producción de conocimiento en sociedades marcadas por la desigualdad. Desligar el trabajo científico del contexto social en que se produce no solo puede llevarnos a una comprensión errada, reificada, de la producción de conocimiento. Además, puede desorientar la política pública en ciencia y tecnología que necesita Colombia.