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Panamá papers - Los pescadores del paraíso fiscal
  Nº 5 - Abril 2016
 
GUARIDAS FISCALES: LA ILUSIÓN DE UN CAPITALISMO LIBERADO DE
LA SOCIEDAD
Ricardo Aronskind [1]
Nº 5/1 - Abril 2016
 
 
Rebelión del capital

Hace ya unas décadas, se inició una rebelión del capital contra el keynesianismo. El conjunto de políticas keynesianas fue muy adecuado para sacar a la economía capitalista del desastre en que la había sumergido la crisis de los años 30 y la segunda guerra mundial. Además, había proporcionado un instrumental de política económica apto para la disputa ideológica contra el comunismo.

Un cuarto de siglo después de la caída de Berlín y Tokio, la economía capitalista había sido restaurada, y el temora que el comunismo se devorara Eurasia había sido superado. El malestar contra el keynesianismo en el mundo empresario creció, debido a la acotada tasa de beneficio producto de los elevados salarios e impuestos que implicaba el modelo del estado de bienestar.

Progresivamente la lucha contra todo lo que representaba el keynesianismo se fue acentuando: la deslegitimación del objetivo del pleno empleo, de los amplios planes de asistencia social, de las regulaciones de los mercados por parte del estado, de las economías protegidas de las crisis por estrictas políticas anticíclicas, de los Bancos Centrales actuando subordinados a las políticas fiscales keynesianas, de los sindicatos fuertes, del proteccionismo.

El proceso paulatino de “liberación” del capital de las “ataduras” que le ponían límites y condiciones para garantizar su propia viabilidad económica y social de largo plazo continuó con creciente fuerza en las décadas del ´80 y el ´90. El movimiento de la revolución conservadora ganó masa crítica intelectual, política y cultural.

El derrumbe del bastión soviético y la domesticación del comunismo chino, más la caída de las socialdemocracias en la indiferenciación política del neoliberalismo,y el adormecimiento del movimiento obrero y los sindicatos, fueron creando en el capital global la convicción de que la regulación estatal era simplemente un costo más que debía y podía ser minimizado.

La amenaza de presuntas rebeliones sociales contra un orden crecientemente desigual, y que abandonaba presuroso la consigna de la “igualdad de oportunidades”, se hizo más inverosímil a medida que se profundizaban las reformas neoliberales en todo el planeta. Era el propio orden neoliberal el que disolvía colectivos, identidades, e imaginarios al compás de una gigantesca transferencia de poder de los entes representativos de lo público, a las grandes empresas.

La libertad para el capital: liberarse de los impuestos
¿Hasta dónde llevar la rebelión fiscal contra el estado? En realidad, una vez que se ha conquistado el poder estatal, se ha colonizado la academia y el mundo de las “ciencias económicas”, se han sintonizado los medios de comunicación con la sensibilidad individualista y se ha minimizado todo discurso contestatario, la rebelión fiscal contra el estado no tiene límite alguno.

En un principio, la rebelión fiscal consistió en una prédica sistemática –en todo el planeta- contra el “gigantismo estatal”, su gasto “ineficiente e improductivo”, sus transferencias que inducían “decisiones erróneas en los mercados”, lo que condujo a políticas de eliminación de impuestos al capital (siempre “distorsivos”), para impulsar la oferta mediante el estímulo de elevadas ganancias.

Luego, una vez encarada esa batalla país por país, se impuso la idea de hacer competir los estados para “seducir” al capital, ofertando rebajas impositivas como forma de atraer las “inversiones extranjeras”, que como su nombre lo indica, siempre “están en otro lado”. La simpática palabra “apertura” enmascaró acomodar la estructura institucional de las naciones a las necesidades y reglas propicias para que el capital multinacional y las grandes finanzas pudieran potenciar plenamente sus movimientos, mientras que el trabajo era mantenido “anclado” en los espacios nacionales, cuyas fronteras eran ahora perforadas sólo por las empresas.

La descoordinación de los estados frente a este nuevo orden de libertad de movimientos del capital, completó el esquema necesario para reforzar el poder privado frente a las instituciones que representaban lo público y lo territorial.

Con el expediente de las aperturas económicas y financieras, se obligó a todos los países a soportar el chantaje del capital global, reduciendo los impactos de los impuestos, accediendo a desmantelar condiciones laborales, ecológicas o sanitarias. Todos los estados fueron -y siguen siendo-, chantajeados para bajar todo tipo de costos para capturar las ansiadas “inversiones globales”. Las mutaciones tecnológicas, fuertemente ahorradoras de mano de obra, crearon una suerte de sequía global de puestos de trabajo, lo que incrementó estructuralmente la presión interna a favor de políticas de “atracción del capital”.

A pesar de tantos logros para el mundo empresario, como antes señalamos, no hay límites para la rebelión fiscal.

Las guaridas se transforman en paraísos:
Dentro de ese proceso de autonomización del capital en relación a las sociedades y los estados se observó desde los años ´70, en forma creciente, la constitución de un conjunto de centros financieros puestos afuera del control formal de los estados. Algunos, incluso, dentro de los principales estados del mundo. Si bien en español se los conoce como “paraísos fiscales” –expresión que contribuye a darles un aire favorable, en sintonía con la perspectiva conceptual de los dueños de los capitales que allí se radican-, la traducción correcta es la de guaridas fiscales. El “error” de traducción no es menor. Paraísos refleja la mirada del capital. Guaridas refleja la mirada de los estados, e indirectamente de la sociedad.

La aparición de éstas guaridas en forma masiva constituyó una novedad relevante para el funcionamiento del capitalismo global. Se trataba de una innovación financiera impresionante: a pesar de que la superficie del planeta está íntegramente cubierta por estados, de los cuales los más poderosos están en condiciones de borrar de la faz de la tierra a otras naciones, fueron apareciendo pequeñas perforaciones territoriales en las cuales no rigen las regulaciones normales en materia impositiva.

Territorios irrelevantes desde el punto de vista político, con escasa población y sin fuerzas armadas en muchos casos, sustraídos de las exigencias y condiciones fiscales derivadas del principio de soberanía de los estados. Territorios en los cuales no se expresa institucionalmente la necesidad de los estados de contar con recursos básicos para poder gestionar civilizadamente las sociedades. Básicamente se trataba de pequeños espacios, islas en algunos casos, a las cuales se podían enviar fondos sin ningún tipo de preguntas por parte de las “autoridades” locales, y sin registros públicos de quienes son los propietarios de esos fondos. La operatoria en esas guaridas –más de 80 en la actualidad- es sumamente sencilla y barata, y permite sustraer recursos de la mirada de los estados normales en dónde esos recursos son producidos y desplazarlos hacia negocios en los que no haya que “compartir” con la sociedad las ganancias obtenidas.

Este entramado de decenas de guaridas fiscales, esparcido por casi todo el planeta, se constituyó progresivamente en la meta de masas enormes de fondos de los más diversos orígenes: fondos de numerosas empresas multinacionales, dinero ilegal proveniente de la venta de armas, drogas y tráfico de personas y de órganos, sumas enormes de dictadores de todo el planeta que han vaciado las arcas de sus respectivos estados, dinero fugado por millonarios de todo el mundo, y enormes masas de dólares enviados por las burguesías latinoamericanas.

La construcción del subdesarrollo latinoamericano
No es este el espacio para responder a la pregunta sobre el porqué del comportamiento evasor de las clases altas de toda Latinoamérica. Pero el hecho objetivo es que el dinero colocado en el exterior desde los principales países de América Latina supera largamente el billón de dólares. Una suma enorme, que contradice la idea de un continente pobre o condenado al atraso por falta de recursos.

Esa gigantesca masa de fondos fue extraída ilegalmente en su mayor parte de las economías nacionales latinoamericanas, con lo que se privó a los respectivos estados nacionales de cobrar tributos y contar con recursos para promover la actividad económica y el progreso social. Es decir, se ha debilitado sistemáticamente a los fiscos, al tiempo que se acusaba a los estados de inoperancia y falta de capacidad de gestión.

Pero también se le negóa nuestros países en forma sistemática la posibilidad de contar con abundante financiamiento para el desarrollo de la producción y de los mercados internos, por lo que pasaron a depender de la “ayuda” internacional y estar condicionados por los organismos de crédito internacionales, cuando podrían sostener con fondos propios la expansión de su aparato productivo.

El lugar periférico y frágil que ocupa nuestra región en el sistema mundial tiene en el oculto tema de la fuga masiva de capitales a las guaridas fiscales un punto explicativo relevante. Paradójicamente, los fondos enviados a las guaridas fiscales, financian las operaciones de otros actores de la economía global, fortaleciendo el poder de los centros sobre la periferia. Tristemente, parte de los recursos fugados, son posteriormente prestados a nuestros países como “ayuda”. Dada la debilidad financiera provocada por la fuga, nuestros países deben soportar bajas calificaciones de las “calificadoras internacionales” y por lo tanto pagar elevados intereses por los préstamos que reciben.

Las mayores potencias no pueden con las guaridas fiscales:
Al calor de la gravísima crisis financiera internacional de 2008, se reunió en aquellos agitados meses el G-20, en un clima sombrío. Las principales potencias del mundo, acompañadas por varios países importantes de ingresos medios, inventariaron una serie de “males” financieros que aquejaban al funcionamiento de los desregulados mercados de fondos a nivel global.

Entre las causas de los desequilibrios globales, apareció el tema de las guaridas fiscales. Se sostuvo que la situación no podía seguir así. Era claro que en ese momento de severa incertidumbre, con los estados sosteniendo con el erario las entidades financieras en estado de quiebra y tratando de contener un derrumbe generalizado, la existencia de guaridas donde los grandes capitales sustraen dinero que podía aliviar las desesperadas arcas públicas, se volvía inaceptable.

Una vez que se tomó la decisión de avanzar sobre estos espacios de ilegalidad, los pasos sucesivos empezaron a dilatarse, la voluntad de terminar con las guaridas se fue diluyendo, el tema salió de los titulares de la prensa “seria” y las medidas establecidas perdieron contundencia hasta llegar a la actual situación de parálisis en esa reforma.

No puede hacerse de este hecho otra interpretación que la siguiente: la voluntad del capital global de no aportar a las tareas comunes que la sociedad moderna requiere del estado, se ha impuesto sobre los ocasionales “líderes” del mundo, y sobre el sistema político en general.

No hace falta demostrar que una guarida fiscal puede ser eliminada en 5 minutos, tanto físicamente como electrónicamente por cualquier potencia relevante, esté o no esté instalada en su territorio. La parsimonia mostrada, que terminó derivando en el inmovilismo, nos da una pésima señal sobre las características de los poderes actuantes en el plano internacional y la subordinación de las actuales dirigencias políticas a las demandas no ya del capital legal, sino de aquella creciente fracción del capital que no acepta tributar.

Sin embargo, se está observando una creciente sensibilidad pública en relación al tema. Muchas penurias sociales podrían ser evitadas con la eliminación de las guaridas. Muchos problemas “endémicos” podrían dejar de serlo. Claro que este movimiento en contra de las guaridas implicaría una profunda toma de conciencia democrática global, y la capacidad de enfrentar en forma solidaria una “vaca sagrada” del neoliberalismo imperante en las últimas décadas: que la tasa de beneficio del capital no puede ser recortada.

Efectivamente, la eliminación de las guaridas fiscales representará un notable paso redistributivo de recursos desde el capital –en sus diversas encarnaciones- hacia las múltiples necesidades que hoy están pendientes de resolución en nuestras sociedades. Eliminar las guaridas fiscales tendría entonces un profundo significado redistributivo en lo económico y democrático en lo político. Precisamente los valores que la “libertad del capital” se ha ocupado de degradar, consecuentemente.

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[1] Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS). Universidad Nacional de Buenos aires (UBA)

 
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