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Los laberintos de la memoria en latinoamérica
  Nº 16 - Septiembre 2017
 
Las conflictivas memorias la revolución sandinista
Margarita Vannini [*]
Nº 16/5 - Septiembre 2017

La Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional entra a la Plaza de la Revolución el 20 de julio de 1979. Managua, Archivo Histórico. IHNCA

El 19 de julio de 1979 triunfó la revolución en Nicaragua. Aquel día, la población eufórica se lanzó a las calles a derribar las estatuas de la dictadura; al día siguiente, una multitud jubilosa se congregó en la Plaza de la República para celebrar el fin de la dictadura somocista y el triunfo de la revolución. Entre la gente había alegría desbordante, emoción, abrazos y lágrimas. ¡Patria libre o morir! y ¡Viva Sandino!, eran los saludos. Entre la marea humana, que iba y venía, mujeres con rostros ansiosos recorrían las triunfantes columnas de jóvenes guerrilleros que entraban lentamente en la abarrotada plaza. Ellas buscaban el rostro de sus hijos, esposos, hermanas, que se habían incorporado a la lucha armada para derrocar la dictadura. Algunos no volvieron, la represión de la dictadura somocista se cobró muchas vidas. Con las columnas de jóvenes guerrilleros llegaba la recién constituida Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional. Se abría una nueva etapa en la historia de Nicaragua.

37 años después, el 19 de julio de 2016, una multitud se congrega en la Plaza de la Fe “Juan Pablo II” para conmemorar un aniversario más del triunfo de aquella revolución. La televisión transmite imágenes de jóvenes que bailan y cantan, banderas rojinegras tiñen el paisaje; mientras, en las gigantescas pantallas instaladas en la plaza, se transmiten las arengas de la primera dama, Rosario Murillo, y el discurso del presidente Daniel Ortega.
Con nostalgia y sentimientos encontrados, sigo atenta la transmisión. Recuerdo la euforia popular, la felicidad compartida y el sentimiento de solidaridad colectiva que nos produjo el triunfo de la revolución. ¿Qué es lo nuevo y qué es lo viejo en esta celebración? ¿Cuáles son las continuidades y rupturas entre la Nicaragua de 1979, recién liberada de la dictadura dinástica de la familia Somoza y la Nicaragua de hoy? Entre ambas fechas, el país transitó por 37 años de triunfos y fracasos, sueños y desengaños, turbulencia social, guerra civil y transiciones políticas. ¿Cómo se construye hoy la memoria de esos eventos?  ¿Quiénes son los portadores de ese legado?
En la celebración del año 2016, ondean las mismas banderas, son iguales los rituales, y el mismo orador repite gastados discursos del pasado. La fecha de conmemoración se ha institucionalizado, y los organizadores dicen celebrar la continuidad de la revolución. “37 veces 19” se lee en las camisetas, afiches y propaganda que satura los espacios públicos. ¿Es este gobierno continuación de aquél?, me pregunto. ¿Estamos en revolución?, no creo.
Esta celebración representa otra cosa. Sus contenidos y significados han cambiado radicalmente. La Plaza de la Fe “Juan Pablo II” está dotada de una estética particular, encarnada en coloridos árboles de metal. Estos hablan fehacientemente del nuevo poder que se impone. El actual gobierno autoproclamado “cristiano, socialista y solidario”, en el poder desde el año 2006, resignifica símbolos, conmemoraciones y rituales de la década de 1980, pero vaciados de su contenido ético e histórico. Reescribe un nuevo relato que, en lugar de construir esa proclamada continuidad con el proceso revolucionario, lo borra por medio de convenientes olvidos y omisiones. El discurso dominante escoge lo que le conviene decir, y calla lo que no, para instrumentar una versión del pasado que le permita construir su legitimidad.
En nombre del amor, el trabajo y la paz, el partido gobernante despolitiza la celebración del 19 de julio, y elimina del discurso las referencias a la revolución que se conmemora y las causas que la generaron. Ninguna reflexión se ha promovido sobre la violencia y la guerra civil de la década de 1980. Las invocaciones a la Virgen María y a los santos del cielo cristiano sustituyen la memoria de los héroes y mártires de la revolución.

Las conflictivas memorias la revolución sandinista

Afiche publicitario del Presidente Daniel Ortega en el antiguo centro de Managua. Archivo Histórico IHNCA

La primera dama, Secretaria de Comunicación Social y también, vicepresidenta de la República, conduce la celebración, lee sus propios poemas y augura más días de “amor, familia y comunidad”. Entre una arenga y otra se oyen canciones que animan el evento. Suena la canción de Carlos Mejía en homenaje a Carlos Fonseca, fundador del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN); y después el corrido “El gallo ennavajado,” canción de campaña de Daniel Ortega en las elecciones que perdió en 1990.
El gallo ennavajado es la expresión concentrada de la violencia machista, que en las elecciones de 1990, iba dirigida contra una contrincante mujer que le disputaba a Ortega la presidencia. En la ceremonia se sobreponen tiempos, músicas y personajes: se diría que Carlos Fonseca y Daniel, el Gallo ennavajado, fuesen uno y dos simultáneamente.
Con esa música, el presidente Ortega hace su ingreso triunfal a la plaza. Vestido de celeste, medio cuerpo fuera de su lujoso vehículo Mercedes Benz, avanza por la rebautizada Avenida “De Bolívar a Chávez”. Escoltado por tres filas de policías y fuerzas antimotines, saluda a la multitud con gesto profético. Su hijo, Rafael Ortega Murillo, lo acompaña en una procesión que recuerda al Papa en su Papa-móvil. Mientras tanto, la esposa y madre, Rosario Murillo, los espera en la tarima desde donde controla el programa del evento. A medida que se acerca el mandatario, la primera dama grita la consigna ¡Viva Nicaragua en fe, familia y comunidad! La multitud responde, ¡El pueblo unido jamás será vencido!
A las nuevas consignas la población responde con aquellas coreadas durante la insurgencia continental del siglo pasado. El discurso dominante se quiere imponer; en contraposición, la memoria subterránea, memoria en resistencia, emerge con fuerza. Elizabeth Jelin señala que “en algunas ocasiones sorprende la sobrevivencia de memorias silenciadas en el espacio público pero conservadas y transmitidas en el ámbito privado, la familia, las organizaciones sociales, la intimidad personal, o enterradas en huecos y síntomas traumáticos”.
En la Plaza de la Fe, una gigantesca tarima eleva al presidente y lo separa de la multitud, situada en la llanura. A sus espaldas, jóvenes de la Juventud Sandinista portan camisetas blancas en las que se leen consignas, “Otro 19. Fuerza de Victorias”, “Amor a Nicaragua”, “Siempre más allá”. Nuevamente la sobreposición de símbolos fragmentados intenta tejer una relación entre el 19 de julio de 1979, las victorias del presidente Ortega en la llamada segunda etapa de la revolución, y el Siempre más allá, del pensamiento teosófico de Sandino en 1933.
Caída la noche, la celebración termina. Mientras la multitud se dispersa, los iluminados “arboles de la vida” permanecen solitarios en la plaza como coreografías fantasmales inventadas para una película de ciencia ficción.
La celebración del año 2016, igual que las celebraciones de años anteriores, desata la controversia y las disputas por los sentidos de la conmemoración de la revolución y sus contenidos. Dirigentes sandinistas históricos, distanciados del proyecto orteguista, critican su carácter autoritario y excluyente. El debate enfrenta a quienes proclaman que el gobierno actual es continuidad del gobierno revolucionario de la década de 1980, y a los que afirman que la revolución se terminó con la derrota electoral de 1990. Hay luchas por los sentidos de la memoria, así como discursos encontrados, y disputas por borrar, reescribir y resignificar lugares y memorias del sandinismo y la revolución. 
Estas luchas no se limitan a la población que se identifica con el pasado revolucionario; tampoco, a los que se identifican con el proyecto actual del FSLN. Las luchas por los sentidos de la memoria también incluyen a todos esos sectores de la población que lo adversan y que, considerando los resultados de las elecciones del año 2010, representa a más de la mitad de la ciudadanía del país. Las disputas sobre los sentidos del pasado reciente y su memoria evidencian que el conflicto social y político permanece vigente en la sociedad nicaragüense.
Los legados de la dictadura somocista y de la década revolucionaria pesan en la memoria colectiva. ¿Cuáles son esos relatos que se adversan y excluyen? ¿Cómo se construyeron las memorias del sandinismo y la revolución entre 1979 y 2016? ¿Cuáles son los eventos fundacionales que dan origen a esas memorias y por qué el enfrentamiento sobrevive 37 años después? Son muchas las preguntas planteadas para entender los procesos de construcción de memorias en Nicaragua en los últimos 38 años. El tema es complejo, tanto por la conflictividad del período estudiado como por la pluralidad de memorias que coexisten, interactúan y se transforman en relación a los marcos sociales y temporales que le dan sustento y sentido.  
Enzo Traverso explica el origen de memorias conflictivas en procesos traumáticos causados por la violencia, guerras civiles o dictaduras que causan profundas rupturas estructurales y simbólicas en la normalidad cotidiana de una población. En Nicaragua, la conflictividad se origina en las profundas rupturas estructurales y simbólicas que se dieron con el triunfo de la revolución en 1979 y su derrota electoral en 1990. Como hemos señalado, en 1979, una insurrección popular derrocó a la dictadura somocista y puso fin a un régimen dinástico que, a lo largo de cuatro décadas, gobernó el país con mano de hierro. La revolución sandinista desmanteló el Estado somocista y construyó una nueva institucionalidad. En 1990, después de su derrota electoral, el FSLN traspasó el gobierno a la UNO, una alianza de partidos políticos que se encargó de instaurar un régimen neoliberal, promover una economía capitalista de libre mercado y “dessandinizar” el país.  Cada cambio de gobierno pretendió hacer borrón y cuenta nueva del pasado.
Estudios comparativos sobre procesos de transición en diferentes países y continentes, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, señalan la complejidad del caso nicaragüense. Ningún otro país transitó, en un lapso de doce años, desde la guerra a la paz, y transformó su sistema político desde la dictadura dinástica hacia un régimen neoliberal, pasando por una revolución de tipo socialista.
Estos eventos de 1979 y 1990 son fundacionales en el relato contemporáneo. ¿Cómo se construyeron las memorias de esos procesos traumáticos que impactaron de forma recurrente a la totalidad de la población? En muchos países que vivieron dictaduras, guerras civiles, intervenciones extranjeras y traumas sociales, los procesos de transición a regímenes democráticos implicaron -además de la recomposición del sistema político- la constitución de comisiones de la verdad o de esclarecimiento histórico, encargadas de llevar a cabo la investigación y reflexión sobre ese pasado de violencia y sus causas.
Siguiendo la caracterización de Alexandra Barahona de Brito sobre las transiciones llevadas a cabo en diferentes continentes en la segunda mitad del siglo XX, trato de tipificar las transiciones y sus modalidades en Nicaragua. En 1979, el triunfo de la revolución derrocó al régimen somocista. El Estado fue refundado de acuerdo a las necesidades que planteaba el proyecto revolucionario. En este caso, las fuerzas que hegemonizaron la lucha armada tuvieron amplios espacios de actuación para derogar todas las leyes y disolver los órganos de poder somocista. En cambio, en 1990, la derrota electoral del FSLN, abrió espacio a un proceso de transición negociada entre las élites enfrentadas: la dirigencia del FSLN y las fuerzas políticas apoyadas por el gobierno norteamericano agrupadas en la Unión Nacional Opositora (UNO). En este contexto, las fuerzas de la UNO ganaron las elecciones pero fueron derrotadas en el campo militar.
El nuevo gobierno liberal, al mando de Violeta Chamorro, asumió la conducción política y la reestructuración de la economía; sin embargo, el FSLN conservó importantes bastiones de poder en las fuerzas armadas y en las organizaciones de masas. El margen de acción del nuevo gobierno fue bastante limitado, y el FSLN con la consigna de “gobernar desde abajo”, se fue transformando, negociando, pactando, y creando las condiciones para su regreso al poder en las elecciones del año 2006. 
Los dos procesos de transición se dieron en situaciones críticas debido a las tensiones y profundas heridas causadas por la dictadura somocista y la insurrección popular que la derrocó. Asimismo, las políticas confiscatorias aplicadas por el gobierno revolucionario y, posteriormente, la guerra contrarrevolucionaria dividieron al país entero. El impacto social de la violencia, la bancarrota económica, la destrucción de la infraestructura, las profundas fracturas en el tejido social y la polarización política difícilmente podrán ser contabilizadas.
¿Qué memoria tenemos hoy de esos eventos? ¿Cuáles fueron las medidas que se adoptaron en los procesos de transición para encarar ese pasado y construir una narrativa que diera cuentas sobre lo sucedido? ¿Quiénes asumieron responsabilidades por los muertos, heridos y mutilados? ¿Cuáles fueron las medidas para investigar las violaciones a los derechos humanos y hacer  la justicia?
En 1979, cuando triunfó la revolución, las fuerzas guerrilleras realizaron juicios sumarios y capturas de militares de menor rango. Somoza y la mayoría de los altos mandos de la Guardia somocista así como importantes funcionarios del gobierno, habían huido del país y pedido asilo en Estados Unidos. En cambio, en 1990, para lograr la paz y la reconciliación, fueron las mismas élites -sandinistas y liberales-  que estuvieron enfrentadas en la guerra, las que negociaron los términos de la paz y el desarme. En la negociación se distribuyeron cuotas de poder, se aprobaron leyes de amnistía y se decretó la reconciliación y el olvido.
Entonces, ni revolucionarios ni contrarrevolucionarios, ni sandinistas ni somocistas, ni siquiera el gobierno de los Estados Unidos, financiador de la contrarrevolución, asumieron responsabilidades sobre la destrucción material y social causada durante diez años de conflicto. Tampoco hubo responsables por los muertos, los mutilados y las víctimas de guerra. Ninguna investigación fue promovida para conocer la verdad sobre las violaciones a los derechos humanos y hacer justicia. Un manto de impunidad y una política de reconciliación y olvido se requerían para negociar la paz y el desarme de los ejércitos enfrentados.
A pesar del dolor, la intensidad y la conflictividad de estos procesos, la sociedad no reflexionó sobre ellos. La memoria se replegó al ámbito privado mientras una enconada lucha por el relato de ese pasado se instaló en la agenda pública. La fragmentación social y material del país se reflejó en el discurso confrontativo y excluyente que se materializó en las políticas públicas y en las continuas escrituras y borraduras de marcas memoriales en los espacios públicos.  En efecto, entre 1979 y el presente, cada gobierno borró, reescribió y resignificó los espacios públicos en los que inscribieron nuevas marcas memoriales desde su propia mirada interesada del presente. Esta predilección por construir, inscribir sentidos, destruir, modificar y borrar, además de ser una deliberada acción política de invisibilización y eliminación del adversario, parece ser una práctica común que le da a las políticas públicas y su expresión en el espacio urbano, un carácter provisional y transitorio.

Derribamiento de la estatua ecuestre del dictador Anastasio Somoza García. Managua, 19 de julio de 1979. Eddy Cruz Flores, Archivo La Prensa

Como si todo fuese efímero, de corto plazo. Carente de un plan de ordenamiento territorial y desarrollo urbano, las obras se hacen y deshacen sin mediar entre ellas la información necesaria para que los habitantes del territorio participen en estos procesos de transformación de su propio entorno urbano. A diferencia de lo que ocurre en otros países, con democracias consolidadas y organizaciones sociales activas, en Nicaragua, estos procesos de construcción y demolición, se realizan en espacios citadinos y con fondos públicos, pero sin tomar en cuenta a la ciudadanía y sin promover un debate informado. Esta forma de proceder refleja el carácter autoritario del sistema político y una forma encubierta de corrupción y mala administración de los fondos públicos.

El espacio urbano se construye como efecto de intervenciones materiales o simbólicas que implican relaciones políticas y culturales que le dan significados particulares a los espacios públicos. En sociedades con pasados recientes marcados por la violencia, guerras civiles y revoluciones, el espacio urbano y sus  lugares de memoria, se convierten en territorios en conflicto donde se materializan las luchas por el relato de ese pasado.

En Managua, particularmente alrededor del 19 de Julio y sus lugares de conmemoración, estos significados inscritos en el espacio material y discursivo están en permanente conflicto, tensión y resignificación.  

 

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[*] Margarita Vannini  - es Directora del Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica de la Universidad Centroamericana. Integrante del Grupo de Trabajo de CLACSO Memorias colectivas y prácticas de resistencia.

 

 
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